
Colombia: Lecciones


Cinco obstáculos para decir la verdad
“Cuando lo porvenir peligroso es indicado por pensadores dirigentes y cuando a la vista está la gula del Norte, no queda sino preparar la defensa”, escribió Rubén Darío.
Este poeta nicaragüense vivió en los tiempos en que el filibustero William Walker “se impuso con sus bien pertrechadas gentes”, y “sus tiradores cazaban nicaragüenses como quien caza venados o conejos”, “y compañías como la United Fruit hoy llamada Chiquita Brands no escatimaban los dólares para la sangrienta fiesta de la muerte de que tan buen provecho se proponían sacar” .
Finalmente, y “para evitar nuevas invasiones”, el yankee fue fusilado en Honduras, como nos lo cuenta Rubén Darío; la lucha contra aquél tipo de “hombres de rapiña”, como los llamó José Martí, “ha quedado como una de las páginas más brillantes de la historia de las cinco repúblicas centroamericanas”, concluye el poeta.
En tiempos del presente, estos “hombres de rapiña” continúan celebrando día a día la sangrienta fiesta de la muerte, disponiendo del territorio de los pueblos para desmembrar con motosierras o a machete los cuerpos de poblaciones enteras , lo cual les permite hablar en sólo Colombia de más de cuatro mil fosas comunes en estas últimas décadas.
La magnitud de la barbarie es tal, que las instancias judiciales al recibir la declaración de uno sólo de los paramilitares que reconoce en su narración unos dos mil asesinatos, ejecutan de nuevo el desmembramiento público de la historia de los asesinados: las acciones políticas, económicas y militares de los hombres de rapiña en defensa de sus intereses, no pueden ser introducidas en las narraciones escritas de los expedientes judiciales que suponen recoger las narraciones orales de los procesados.
La tierra y los territorios por los que han sido perseguidos durante varios siglos los pueblos en Colombia, continuarán concentrados en manos de los capitalistas.
La expropiación de la tierra del campesinado es el proceso a través del cual se sientan las bases para la acumulación del capital. Sin esta expropiación, los capitalistas tropezarían con un obstáculo frecuente: la de las poblaciones campesinas que al poseer algunos medios de producción no tienen por qué acudir al mercado para ofrecer como mercancía su fuerza de trabajo. Es lo que Marx llama la acumulación originaria del capital; al respecto plantea Marx:
“En la historia de la acumulación originaria hacen época todas las transformaciones que sirven de punto de apoyo a la naciente clase capitalista, y sobre todo los momentos en que grandes masas de hombres se ven despojadas repentina y violentamente de sus medios de producción para ser lanzadas al mercado de trabajo como proletarios libres, y privados de todo medio de vida.
Sirve de base a todo este proceso la expropiación que priva de su tierra al productor rural, al campesino.”
La “verdad” sobre la barbarie de esta expropiación es narrada por los mismos defensores de las relaciones sociales que concentran la riqueza mediante la explotación, el destierro y el genocidio de los pueblos.
La “verdad” sobre la barbarie es la repetición de la barbarie, porque se narra dentro de las instituciones que históricamente han realizado el simulacro fúnebre de una democracia en Colombia, y en el lenguaje de carnicero de los hombres de rapiña, manteniendo intacto el capital.
El capital es la relación social de explotación de la fuerza de trabajo de los pueblos y la acumulación de la riqueza producida por esta fuerza de trabajo en manos de los capitalistas que han expropiado previamente a los trabajadores de los medios de producción . “El recuerdo de esta cruzada de expropiación, plantea Marx, ha quedado inscrito en los anales de la historia con trazos indelebles de sangre y fuego.”
La memoria sobre la barbarie capitalista, barbarie que ha sido entronizada mediante los planes de desarrollo, como también mediante las ayudas para el desarrollo a través de las agencias de cooperación internacional y de las Organizaciones No Gubernamentales ONGs, es una memoria que debe ser narrada por los pueblos en sus propias palabras y en los espacios de justicia popular, “no para pedir una reparación por el daño sufrido” , como lo plantea Tzvetan Todorov, sino para impedir mediante la fuerza organizada de los pueblos que jamás se volverán a dar las condiciones económicas, materiales, políticas, ni ninguna condición ni relaciones sociales cuyos intereses diseñen, impulsen y ejecuten las acciones de extermino y explotación en contra de los pueblos.
- Cadenas productivas o corporaciones fascistas: los territorios del espanto
Los pueblos son mutilados de sus territorios, y el desmembramiento de los cuerpos de los campesinos es la repetición de esta mutilación; la mutilación es una política con la cual se ha configurado la realidad actual de nuestros pueblos.
El espanto del desmembramiento físico se repite como en un juego de infinitos espejos con el desmembramiento de la realidad mediante políticas que van desde los grandes proyectos de desarrollo que planifican y empujan a los pueblos a mayores miserias, hasta el reconocimiento mutilador de las etnias y los géneros, de las mujeres y los jóvenes, de los ancianos y los ecosistemas, del agua, de las tierras, de las semillas.
Mientras en la constitución neoliberal de 1991 se “reconocen” los derechos de las poblaciones afrodescendientes, la práctica del destierro y el genocidio desde las empresas palmeras y transnacionales contra estas poblaciones antecede a la promulgación de normas legales como la resolución 1516 de 2005 del Instituto Colombiano de Desarrollo Rural INCODER.
Esta norma en su primer artículo traza la política de la sumisión legal de las poblaciones afrodescendientes a la explotación capitalista, sometimiento que se expresa como el “control de productores verticalmente integrados”; este control de los productores (de las poblaciones afrodescendientes), es ejercido por las empresas transnacionales, los terratenientes, los paramilitares, el ejército, etc.
Con esta resolución se impone el fascismo de Benito Mussolini en estos territorios para su “integración vertical” a la explotación capitalista mediante las cadenas productivas.
Así llega el fascismo hasta las localidades rurales, bajo la ilusoria promesa del desarrollo y de lucha contra la pobreza en medio de la barbarie capitalista; así llega al páramo del Sumapaz, el páramo más grande del mundo, bajo el envoltorio de políticas de Estado promovidas y aplicadas por las administraciones distritales desde Bogotá, cuyos titulares socialdemócratas conforman la denominada oposición.
Estos señores que participan del festín capitalista desde los laberintos del Estado, se encargan de la imposición de las llamadas agroredes , reproduciendo como propia de los intereses populares el fascismo más refinado.
Las agroredes son conformadas por grupos de municipios “que integran y articulan la actividad de sus cadenas productivas a nivel veredal y de cabecera municipal”.
Por supuesto, estas políticas públicas son diseñadas por el sector privado, procesadas como políticas públicas, e impuestas por los gobiernos nacionales, regionales y locales a las poblaciones históricamente sometidas a la violencia de los terratenientes y de las empresas transnacionales.
En la página 90 del documento citado, se encuentra la figura 20, una pirámide que es el diagrama elaborado por Jorge Carulla (de la cadena de los supermercados Carulla), y es donde se reitera que las políticas públicas emitidas por el Estado responden a los intereses capitalistas, y que los campesinos son tan sólo la fuerza de trabajo para esta nueva forma de esclavitud en los viejos campos de concentración de las cadenas productivas del fascismo.
En este documento de las agroredes, que entrega todos los territorios campesinos a la disciplina de la producción capitalista dentro de las cadenas productivas, también se encuentra planteada “la visión vertical de la integración de la base productiva de un territorio” (página 91), o la “integración vertical agrored” (figura 21), todo en el marco de ser “promotores de la nueva cultura en la cadena productiva” (p. 81); estas cadenas productivas han sido legalmente establecidas por el fascismo abanderado por la presidencia de Álvaro Uribe Vélez.
La integración vertical se encuentra en la política de las corporaciones fascistas (así las denominó Benito Mussolini ), corporaciones que hoy se denominan cadenas productivas (ley 811 de 2003), y que tienen su marco de política internacional en el denominado Pacto Mundial de las Naciones Unidas, donde se proclama la “conciliación” de los intereses de trabajadores y patronos, de los explotados con el sistema capitalista.
A pesar de toda la evidencia y la tragedia histórica para los pueblos del mundo, la socialdemocracia en Colombia cree en la posibilidad de ampliar los supuestos espacios de participación popular dentro del Estado fascista, sumándose de paso a sus prácticas, a pesar del desplazamiento y el genocidio que el capitalismo profundiza como políticas de Estado contra el pueblo en Colombia.
- El terrorismo de Estado: contenido de la democracia burguesa
En este momento histórico, es apenas lógico que el paramilitarismo gobierne bajo el simulacro brutal de una democracia, y que se repitan desde las instituciones del Estado tanto el ideario como las acciones del fascismo bajo los ojos interesados de unas instituciones internacionales que aplauden, motivan y se lucran de la barbarie capitalista.
Desmembrados los pueblos de sus territorios, cada política de los hombres de rapiña multiplica la mutilación. Ante el desplazamiento forzado que impulsan los hombres de rapiña, trazan una política pública para desplazados, política pública que se hace para afirmar y perpetuar los caminos de los pueblos errantes.
Ante la miseria producida por el modo de producción capitalista, se trazan políticas para realizar el simulacro de combatir el hambre, pero estas políticas se orientan a la afirmación de la explotación y la marginalidad; para las juventudes perseguidas en los barrios y en las zonas rurales, políticas para jóvenes que reiteran su condición de población peligrosa y marginada, tal como lo demuestra la desaparición de más de cien jóvenes y su posterior asesinato por el Estado en Colombia, para ser presentados por el ejército como “guerrilleros muertos en combate”.
Ante cada barbarie, la barbarie política de los hombres de rapiña le da continuidad a la dominación y busca la aceptación del sometimiento. Las llamadas políticas sociales de los hombres de rapiña buscan mutilar la conciencia de los pueblos.
La socialdemocracia, proclamando defender los intereses populares, pretende reconocer su propio rostro en el espejo de las mutilaciones, ofreciéndose en nombre del pacifismo y la civilidad a los dioses del capitalismo que acumulan a sangre y fuego la riqueza. Frente a esta situación, el poeta Bertolt Brecht, viviendo la experiencia del fascismo alemán, ha planteado:
¿Cómo puede querer alguien decir la verdad sobre el fascismo, al que se opone, si no quiere decir nada en contra del capitalismo, que es lo que lo causa? ¿Cómo podrá hacerse practicable su verdad?
Los que se oponen al fascismo, sin estar en contra del capitalismo, los que andan lamentándose por la barbarie generada por la barbarie, se parecen a la gente que quieren comer su ración de ternera, pero no toleran que deba sacrificarse al animal. Quieren comer su ración de ternera, pero no soportan ver la sangre. Se contentan con que el carnicero se lave las manos antes de servirles la carne.
No están en contra de las condiciones de distribución de la riqueza que genera la barbarie, sólo contra la barbarie. Alzan su voz contra la barbarie y ello en países en los que reinan las mismas condiciones de distribución de la riqueza, pero en los que los carniceros aún se lavan las manos antes de servir la carne.
El monopolio sobre las fábricas, minas, tierras, genera por doquier circunstancias de barbarie; sin embargo, éstas son menos visibles. La barbarie se hace ostensible en el momento en que el monopolio ya no puede protegerse más que mediante la violencia abierta.
Por supuesto que aquí la socialdemocracia se opone y denuncia la barbarie, pero no renuncia a comer su buena porción de ternera. Tan sólo exigen que el carnicero, desde el palacio presidencial y desde sus instituciones parlamentarias, de planeación del desarrollo y “humanitarias”, se lave las manos antes de servirles los mendrugos en este festín sangriento.
Cuando al norteamericano Henry Kissinger la periodista Oriana Fallaci le preguntara si él no era pacifista, éste impulsor de golpes de estado, manera como se planifican las prácticas del asesinato sobre los pueblos del mundo, le respondió:
“No, no creo serlo. Aunque respete a los pacifistas genuinos, no estoy de acuerdo con ningún pacifista y en especial con los pacifistas a medias: los que aceptan la guerra por una parte y son pacifistas por la otra.
Los únicos pacifistas con los que acepto hablar son los que soportan hasta el final las consecuencias de la no violencia. Pero incluso con éstos hablo sólo para decirles que serán aplastados por la voluntad de los más fuertes y que su pacifismo sólo les conducirá a horribles sufrimientos.” .
Henry Kissinger fue, entre otras cosas, asesor del presidente Richard Nixon para asuntos de seguridad nacional. La amputación del programa político de los pueblos es su obra maestra. Para la realización de esta tarea, los métodos van desde la desaparición forzada que incluye el robo de niños recién nacidos y el asesinato de sus madres, como las fosas comunes y el desplazamiento forzado, hasta las leyes de punto final o ley Rico, en la Argentina, o la misma ley que en Colombia titulan de Justicia y Paz.
Todo esto pasa por el financiamiento de campañas electorales de la socialdemocracia, con el propósito de “restablecer” el sistema democrático en América Latina, previo el afianzamiento del sistema económico que siempre requiere de tan refinados métodos para su imposición y defensa. Dentro del sistema capitalista la alternativa no es ni el pacifismo ni la civilidad, que hacen parte de la agenda política del mismo capital.
- La fábula capitalista de la sociedad civil
Las relaciones económicas del capitalismo son las que determinan la naturaleza de la sociedad civil. La sociedad civil está configurada por las relaciones económicas de los hombres de rapiña; de esta manera pretenden establecer una distancia ilusoria entre la sociedad civil y sus bien pertrechadas gentes que son las que les garantizan la seguridad de la riqueza que han desmembrado de los pueblos.
La sociedad civil es la encargada de encubrir con argumentos falaces e hipócritas razones la entraña sangrienta del capitalismo. La sociedad civil es la fábula de un capitalismo cuya historia se funda, gracias a la necesidad del progreso de sus industrias y a la profunda desintegración social que produce en los pueblos explotados del mundo, en la carrera armamentista.
El historiador Jacques Le Goff recuerda que “el célebre economista norteamericano John K. Galbraith 1958 demostró (…) que la carrera armamentista es un componente fundamental del mundo actual…” . Líneas adelante Le Goff continúa citando a Galbraith:
“Muchas de nuestras realizaciones se hicieron posibles gracias a investigaciones y estudios realizados no por inspiración directa en criterios comerciales sino obedeciendo a exigencias de carácter militar. Ello contribuyó más de cuanto se pueda imaginar a evitar un parcial estancamiento tecnológico implícito en una economía de bienes de consumo”. .
La sociedad civil es el reconocimiento de la legitimidad de la violencia de la explotación capitalista. Mirarse en este espejo y reconocerse en él, va más allá de la esfera de la acumulación de fuerzas políticas del capitalismo como una acción pacífica. Es el terror como fundamento de la paz; es la historia de la violencia ejercida contra los pueblos, violencia que se hace en nombre de la convivencia, de los intereses superiores de la economía, al decir de Mussolini, del avance del capitalismo.
- Álvaro Uribe Vélez: la gramática del crimen
La sangre de los pueblos asesinados, desmembrada de sus voces al no poder narrar las causas de la barbarie, tampoco podrá retornar a sus tierras, pues los hombres de rapiña se han impuesto en ellas con sus bien pertrechadas gentes; sin embargo, el presidente Álvaro Uribe Vélez ha señalado que la agricultura se está recuperando. Los miembros de la sociedad civil, propietarios privados de la tierra donde los pueblos campesinos han sido desde siempre desterrados, son quienes gobiernan la recuperación de la agricultura “con palma africana” , tal como lo proclamó Uribe Vélez el dos de agosto en su discurso desde la Plaza de Bolívar en Bogotá.
Luego de su discurso, en la revista Semana se publica una nota bajo el título ¿Quién nos defenderá?, en la que se cuenta sobre el desplazamiento de campesinos de “Curvadó y Jiguamiandó (Chocó)” por grupos paramilitares en 1996, señalando cómo “desde entonces la zona ha sido aprovechada por 14 empresas que desarrollan allí sembrados de palma africana y ganadería.” .
Este “aprovechamiento”, que realmente es la imposición por las empresas trasnacionales y los gremios económicos de un modelo económico a sangre y fuego, es narrado por el campesino de 67 años de edad Enrique Petro, a quien le asesinaron dos de sus hijos, “uno de 19 y uno de 21”, y quien es habitante de Curbaradó y miembro del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado; la narración la realizó en el programa de televisión La Noche de RCN :
Claudia Gurizatti: Usted además en su familia fue el único que se quedó a vivir en el pueblo; ¿por qué?
Enrique Petro: “Yo me quedé porque no tenía pa dónde irme y la familia mía eran bastantes; ¿y pa dónde me iba? Me salí de la finca y me fui al pueblo de Belén de Bajirá, y ahí duré cinco años, y… desplazado ahí, y cuando fui todo lo que tenía se me perdió, volví a regresar en el… en el 2002, regresé otra vez pedí permiso al ejército que me dejaran dentrar a la finca, dentré ya no encontré sino puro rastrojo y … y volví otra vez de nuevo a… a la casa a Bajirá, adonde tenía mi familia y les dije a mi familia que yo me iba a trabajar y trabajé un año, al año de estar trabajando entraron por lo menos los que ya andaban los empresarios por ahí comprando tierras quitándoles la tierra a los campesinos para sembrar la palma…”
Claudia: ¿Paramilitares o quienes?
Enrique Petro: “Paramilitares, y decían que eran empresarios, y como yo no les quise vender la… la finca por lo que ellos decían, entonces mandaron un grupo, un día viernes a… a matarme, porque yo me iba y trabajaba toda la semana, hasta el sábado yo salía, a… a donde tenía la familia, y esa semana me salí el viernes, cuando ellos fueron, ya no me encontraron.
Y ahí, y ahí por lo menos llegué otra vez al pueblo de Bajirá, y ahí me los… los jefes paramilitares me atrancaban allí que no me dejaban dentrar (…) y ahí fue que me detuvieron allí hasta que la empresa URAPALMA me trabajó toda la finca y la sembró de palma; me dañaron todo lo que tenía, tenía cincuenta hectáreas en madera, me las mocharon todas, tenía… treinta y siete hectáreas de alambrado, y tenía…”
Claudia Gurizatti: Perdió sus tierras.
Enrique Petro: “Y perdí las tierras las tierras las tomaron ellos para sembrar la palma africana…”
Este presidente, o cualquier otro, que aparece en videos acompañado de reconocidos paramilitares , o en un informe desclasificado de la CIA , puede proclamar, sin ruborizar a la sociedad civil, la recuperación de la agricultura apuntalada en los crímenes estatales de sus ejércitos; de esta manera se continúa desmembrando y enterrando en la fosa común del desarrollo la diversidad agrícola de los campesinos asesinados y desterrados bajo la proyección de millones de hectáreas de este megaproyecto de las mismas empresas transnacionales y de los gremios económicos beneficiarios directos del asesinato y el destierro.
El paramilitar Ever Veloza, conocido como HH, “comandante del temible Bloque Bananero con influencia en toda la zona de Urabá”, según se escribe en la revista Semana, zona desde la que fue desterrado también el campesino Enrique Petro, plantea claramente cómo para el paramilitarismo “la idea era que se reactivara la economía bananera allá.” .
Para esta reactivación de la economía capitalista (despojo de los escasos medios de producción de los campesinos y concentración de éstos en manos de los capitalistas), el Estado, las transnacionales, las compañías bananeras, de palma africana, etc., como ejercicio de poder, definieron el trazado político, económico, ideológico y militar de todas sus instituciones; han orientado recursos y creado estrategias para el avance de estas relaciones sociales del capital para el sometimiento, la explotación y el ejercicio del terror sobre el pueblo en Colombia.
No son, como claman algunos intelectuales que palidecen ante la historia del despojo pero se avergüenzan ante la historia de resistencia de los pueblos: cosas de “actores armados” o de “ejércitos enfrentados”.
El paramilitar Velosa califica la “ayuda” “de toda la fuerza pública” con el máximo puntaje de 10; allí está el general Rito Alejo del Río, cuando en el Urabá trepidaba por el terror la sangre de los pueblos bajo la gobernación del hoy reelecto presidente de la república Álvaro Uribe Vélez y la jefatura militar del general Rito Alejo del Río; este general fue homenajeado por los fascistas en Bogotá con discurso de Uribe Vélez debidamente incluido.
El paramilitar Velosa coincide con el presidente Uribe en reconocer los méritos, no ya de las instituciones del Estado y de las empresas transnacionales y los gremios económicos, como de la “fuerza Pública” y del general Rito Alejo del Río. Es la economía capitalista con sus ideólogos, sus académicos, su oposición, sus economistas y sus estadistas apuntalados en sus ejércitos mercenarios para reactivar la economía.
Y la historia de los pueblos continúa siendo reducida a los escombros de los casos que se acumulan en las instituciones judiciales, porque la justicia no nace del poder de las voces de los asesinados, de los desaparecidos, de los pueblos desterrados. Las relaciones económicas sobre las que se organiza la sociedad capitalista no pueden ser cuestionadas en los estrados judiciales, ni en ninguna institución de los hombres de rapiña.
La sociedad civil puede exhibir con orgullo esta mutilación, porque sus relaciones de clase han sido desmembradas en los expedientes judiciales de las acciones de sus bien pertrechadas gentes; estas relaciones de clase de la sociedad civil, al desmembrar a los pueblos campesinos de sus territorios, repiten la imagen del desmembramiento dentro de los procesos judiciales, de nuevo para fortalecer sus propios intereses: la economía capitalista se salva bajo el corte hecho por el aparato judicial, corte que separa artificialmente del cuerpo de la sociedad capitalista al elemento que le da su mayor dinámica: la guerra contra los pueblos para la apropiación privada de los territorios y los recursos.
La sociedad civil puede continuar imponiéndose en los territorios con sus bien pertrechadas gentes. Estos son los mismos territorios sobre los que se construyen las páginas más exitosas del desarrollo sostenible de las empresas transnacionales y de los gremios económicos.
Mientras los ejércitos que impulsan las políticas de las instituciones del capital matan a campesinos indefensos, y les arrancan pedazos de sus carnes para devorarlos, y beben de su sangre para acrecentar en las hordas de mercenarios la sed del asesinato, según el testimonio de un paramilitar difundido por la televisión en Colombia, las empresas transnacionales y las instituciones capitalistas devoran los recursos que pertenecen a los pueblos sin poder saciar su sed de ganancias que los empuja cada vez más a la realización de los crímenes más aberrantes.
Es el terror que tan sólo puede repetir su rostro; es el canibalismo de la economía capitalista que nos condena a vivir la infinita repetición del espanto; es este mismo rostro el que reconoce la diversidad cultural, y que habla a los pueblos del mundo del desarrollo y de la democracia.
En estos tiempos que aún no concluyen de pasar, el presidente Harry Truman habló en 1949 de países subdesarrollados, dándole continuidad a la ya vieja historia de las civilizadas y no menos fatales intervenciones tanto norteamericanas como de todos los países imperialistas sobre los pueblos del continente; estas relaciones de dominación niegan la vida y la soberanía popular, generando a su vez la negación de la historia de lucha de nuestros pueblos, la traición a nuestros pensamientos, la destrucción de nuestras formas organizativas, y en muchos casos, produciendo aquello que Bolívar llamó “el apego forzado por el imperio de la dominación”. .
El viejo colonialismo fue generando un nuevo lenguaje como parte del proceso para profundizar la dominación; es el lenguaje de la sangrienta fiesta de la muerte; es el lenguaje de los hombres de rapiña y de sus bien pertrechadas gentes; palabras como “atraso”, “países en vías de desarrollo”, “desarrollo humano sostenible”, “desarrollo sustentable”, han servido de portada a las viejas políticas que se presentan como “ayuda para el desarrollo”, “ayuda social”, “ayuda humanitaria”, siempre como parte de estos complejos mecanismos que profundizan la explotación y que afirman cada vez más las relaciones de dependencia.
El riguroso control militar de los pueblos y de sus territorios es parte fundamental de las reglas en este lenguaje económico; el control militar lo ejercen “sus bien pertrechadas gentes” para garantizar la acumulación de la riqueza; la sangrienta fiesta de la muerte es el lenguaje del modo de producción capitalista; este modo como se organiza la producción atribuye los tachones sangrientos de su escritura como responsabilidad de los “actores armados”. Los miles de sindicalistas asesinados, los miles de campesinos, niños, hombres, mujeres y ancianos masacrados, son indicadores de la concentración de la riqueza.
Cuando los hombres de rapiña hablan de los “actores armados”, pretenden dejar saldada su escalada militar contra los pueblos del mundo, presentando una ficción como la realidad que ataca a los pueblos: la ficción de que son lo mismo los filibusteros William Walker, estos que continúan cazando a los pueblos como quien caza venados o conejos, y las maneras como los pueblos se organizan para su defensa en esta sangrienta fiesta de la muerte que impone el capitalismo, y de la que continúa sacando tan buen provecho hasta nuestros días.
“El apego forzado por el imperio de la dominación” ha permitido que en esta sangrienta fiesta del modo de producción capitalista haya quienes hablen desde la falsa existencia de otro lugar político denominado “la sociedad civil”. “Sociedad civil” y “actores armados” son palabras de este nuevo lenguaje de los hombres de rapiña desde el que construyen hoy las páginas más exitosas del desarrollo sostenible.
Somos, según el ideario, el lenguaje y las políticas de los hombres de rapiña, el resultado histórico de nuestra propia incapacidad para producir, de nuestra propia ignorancia para gobernar, de nuestra propia impotencia para ser. No escatiman los dólares para la sangrienta fiesta de la muerte.
No escatiman ni los dólares ni los euros para promover el apego forzado por el imperio de la dominación. No escatiman invertir en la sangrienta fiesta de la muerte de la que tan buen provecho han sacado ya.
Humberto cardenas Mota


















































































