Cuba en el dia D

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En 10 de las 14 provincias cubanas y en el Municipio Especial Isla de la juventud es más sencillo enumerar aquello que los huracanes no afectaron que relacionar lo dañado o destruido.

De los más de 11 millones de habitantes de la Isla, ninguno quedó al margen y los compatriotas que viven en el exterior, como mínimo se preocupan por sus familiares. Nunca se hizo tan evidente el carácter nacional de un evento.

Ninguno de nosotros imaginó que podía ser parte de una tragedia como la que vive nuestro pueblo y tampoco hubo razones tan concluyentes para sentirnos recompensados por la capacidad de la sociedad y sus instituciones para encajar el golpe, reaccionar y avanzar en la dirección correcta.

Cuba es hoy eje de un desastre cuyas dimensiones materiales, culturales y humanas son inconmensurables. Las aguas, los vientos y las mareas arrasaron con años de tesoneros esfuerzos, no sólo asociados al bien común y al desarrollo económico y social de las regiones y del país, sino a los planes de los individuos y las familias.

Los huracanes destruyeron fábricas, plantas industriales, líneas de transmisión de energía, comercios y objetivos económicos de todo tipo. Los fenómenos naturales arrasaron plantaciones enteras y cultivos específicos, destruyeron cientos de miles de viviendas, convirtiendo a millones de personas que formaban familias felices e integradas a su entorno en refugiados acogidos en albergues.

En instantes colapsaron escuelas y centros de salud, joyas arquitectónicas que habían soportado el paso de los siglos y árboles centenarios, así como localidades, parajes y paisajes declarados Patrimonio de la Humanidad. Entre las ruinas yacen también teatros, bibliotecas, estatuas y elementos decorativos, carpas e instalaciones deportivas y recreativas.

La naturaleza resultó duramente golpeada desapareciendo jardines y bosques habitados por una exuberante biodiversidad, muchas ciudades y poblados se quedaron sin áreas verdes, hubo playas que dejaron de existir y poblados borrados de los mapas y en algunos sitios la geografía fue modificada.

Nadie podrá cuantificar el patrimonio intangible que asume forma de sueños e ilusiones que es preciso aplazar o cancelar.

Se trata de una situación sin precedentes ante la cual las actuaciones pasadas son referentes y no recetas. Una sucesión de eventos destructivos y traumáticos que no constituyen paréntesis o coyunturas y cuyos efectos trascienden su duración. Estamos ante hechos extraordinarios que requieren una actuación también extraordinaria. No se trata simplemente de “retornar a la normalidad”.

La dirección cubana, asistida por competentes instituciones científicas, apreció correctamente el conjunto de la situación, percatándose de que era preciso una actuación no convencional.

Nunca antes la estructura estatal, las instituciones y la sociedad civil funcionaron de un modo tan coordinado, combinando la dirección centralizada con la independencia de los gobiernos provinciales, municipales e incluso locales que, aunque siguiendo instrucciones y planes probados y ensayados, combinaron la disciplina con la iniciativa y la prudencia con la audacia.

La orientación central no suplantó a quienes actuaban sobre el terreno y el Estado lideró a la sociedad sin intentar suplantarla. El conjunto devino un eficaz mecanismo de relojería.

Jubilado y accidentado, mientras hubo electricidad y baterías, presencié la más brillante cobertura que jamás haya realizado la televisión y la radio cubanas, convertidas en organizador colectivo y por ellas fui testigo de los sucesos y de las reacciones.

El principal canal y la cadena nacional, apoyados por una red de telecentros provinciales y municipales, devino cadena nacional, ocupada únicamente en el huracán y mediante las comunicaciones convencionales, las facilidades creadas para la defensa y la telefonía móvil cubrieron todo el territorio, acompañando y adelantándose al curso del meteoro.

De un modo profesionalmente impecable los reporteros locales entraban directamente, en vivo y en tiempo real a los circuitos nacionales, las imágenes y los textos se emitían sin editar ni retocar, los periodistas salían de los estudios para ofrecer imágenes y sonido ambiente en tiempo real; hubo locutores que asumieron las funciones de los periodistas y viceversa, jóvenes debutantes ocuparon espacios estelares y periodistas especializados en deporte o cultura realizaban magnificas coberturas de actualidad. No hubo un solo caso de sensacionalismo ni afanes de protagonismo.

Con serena responsabilidad los funcionarios de la Defensa Civil Nacional desde los centros de dirección apelaban constantemente al pueblo y a los órganos territoriales, recordando los planes existentes, puntualizando las indicaciones vigentes y otorgando amplias facultades a los territorios para decidir qué hacer y cuándo. Lo más reiterado eran los llamados a actuar con racionalidad y sin vacilación.

Las anécdotas servirían para elaborar tratados sobre como comportarse en situaciones de desastres. Hubo casos en que en instalaciones consideradas seguras se albergaron estudiantes y vecinos y que ante la furia de los vientos amenazaban con ceder y sin vacilar los profesores tomaban la decisión de abandonarlas antes de que colapsaran, salvando la vida de los refugiados.

Hubo lideres locales que estando en el centro del meteoro y conociendo el diámetro del ojo del huracán, fueron capaces de percatarse del momento exacto en que la pared anterior los impactaba, calcularon el tiempo de calma que precede a la llegada del límite posterior del ojo del meteoro y ordenaron a determinados efectivos salir de los refugios, rescatar a personas en peligro y retornar antes de que la furia arreciara.

En escuelas de la Isla de la Juventud, consideradas seguras, la furia del ciclón obligó a que por decisión de los profesores, los estudiantes fueran pasando sucesivamente de un piso a otro hasta terminar en los baños y comedores, de pie apretujados, pero todos vivos, sin lesión alguna y con la experiencia del ejemplo de sus maestros cuyas familias también corrían riesgos. La ética del capitán que no abandona la nave se generalizó en Cuba.

Donde alcanzó el tiempo hubo preocupación por bienes de las familias, incluso por sus enceres menores, los muebles y los humildes peroles de cocina, los televisores y los radios, la ropa y los colchones fueron reunidos en containers.

Incluso en zonas altas se crearon facilidades para agrupar a los animales domésticos en corrales que recordaban arcas de Noé. A nadie se le pidió que abandonara a la vaca, el perro o a la cotorra.

La explicación de cómo puede un país de 11 millones de habitantes evacuar a un tercio de su población se explica no sólo por la capacidad y la eficiencia de las autoridades, sino sobre todo por la actitud de los otros dos tercios que acogen en sus hogares a los más vulnerables.

Una sociedad organizada y moralmente sana donde solidaridad es regla y no excepción posee una fuerza inconmensurable.

Alrededor de ¡tres millones! de personas dejaron sus casas y sus propiedades bajo la custodia de las autoridades sin temor a bandidos ni depredadores. Nadie perdió nada por obra humana punible.

Naturalmente, tratándose de Cuba, además de expuesta a los riesgos de los habitantes del Caribe insular, inmersa en una etapa de perfeccionamiento de su organización social, sus estructuras y su sistema político, el huracán deja otras enseñanzas y abre espacios para otras reflexiones. Luego les doy mi opinión.

Jorge Gómez Barata

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