Cuba en el dia D (segunda parte)


Ver Cuba en el dia D Primera parte
Se trata de la posibilidad de que el Estado dirija centralmente los recursos hacía las más legítimas, decisivas y justas prioridades nacionales. El desempeño cubano frente a los huracanes evidenció esos dones y ratificó la eficacia de estructuras no tradicionales, basadas en la participación popular.
En la edificación de sus instituciones estatales, sobre todo en el período posterior a 1970, Cuba asumió como válida la experiencia organizativa de la Unión Soviética y los países de Europa Oriental. Aquella pesada arquitectura institucional, criticada por Fidel, que a mediados de los ochenta, convocó a la rectificación, no resultaba solvente para administrar la crisis y afrontar los riesgos que significó la desaparición de la Unión Soviética.
Las grandes carencias económicas derivadas de la debacle de la URSS sumadas a las originadas por el bloqueo norteamericano, la agresiva política de las Administración Reagan y el auge de la contrarrevolución y el terrorismo contra Cuba, plantearon riesgos para la seguridad y la defensa, que el país no podía asumir de modo convencional.
La dirección encabezada por Fidel y Raúl declaró un Período Especial en tiempo de paz, denominación que se adoptó para denominar la situación de emergencia en que había entrado el país y que constituía un virtual estado de guerra en el que solo faltaban las bombas.
Ante la evidencia de que en aquella situación, la estructura estatal, incluso la doctrina defensiva del país, no resultaban sostenibles ni eficaces, fue preciso crear y, de las urgencias y la inteligencia colectiva, surgieron la doctrina de La Guerra de Todo el Pueblo y la organización correspondiente.
Bajo la presión de emergencias como la denominada “Opción cero”, basada en la hipótesis de que bajo agresión militar o bloqueo naval, el país no pudiera recibir petróleo, alimentos o medicamentos, se trabajó para idear una estructura alternativa a la pesada y costosa maquinaria estatal tradicional, que aunara bajo una misma voluntad los órganos y los recursos políticos, estatales y militares.
Como parte de aquellas búsquedas, se llegó a consenso respecto a los órganos cuya creación se proponía y, en el momento de redactar la propuesta, faltaba un nombre para denominar la nueva estructura. Ignoro de dónde lo sacó pero un compañero propuso llamarlas “Zonas de Defensa”.
Las zonas de defensa son entidades territoriales extraordinariamente flexibles que pueden ser de diferentes dimensiones y están regidas por un “Consejo de Defensa” que comienza desde la base y abarca: municipios, provincias e incluso la Nación, siempre bajo la dirección de un “Consejo de Defensa”, encabezado por un representante del Partido. La flexibilidad de las zonas y los consejos de defensa les permiten funcionar como un engranaje estructural independiente, convirtiéndose en el único y supremo órgano de dirección política, militar, administrativa y de defensa civil de cada localidad.
En tiempos normales esa estructuras son como una “Bella Durmiente” que no sustituyen ni estorban al aparato político y estatal regular y sólo opera al ser “activada”, cosa que hace eficazmente gracias al entrenamiento que reciben sus integrantes, incluyendo su órgano militar, las Milicias de Tropas Territoriales y las Brigadas de Producción y Defensa. Durante los huracanes, se dispara el mecanismo que interactuando con el gobierno central y los órganos regulares de la administración producen una eficaz combinación.
En estas jornadas, la maquinaria estatal que ha entrado ya en una fase de perfeccionamiento, fue un eficaz complemento del mecanismo de emergencia.
El Instituto de Meteorología, una joya de la ciencia cubana, evidenció no sólo una reiterada eficiencia cuya excelencia se renueva ante cada huracán, sino un virtuosismo pedagógico que ha logrado dotar al pueblo cubano de una cultura meteorológica que facilita extraordinariamente la labor de la Defensa Civil y de los órganos nacionales y locales.
A la competencia profesional y las dotes de comunicadores de sus especialistas y colaboradores, algunos científicos de renombre y otros humildes trabajadores, se suma una consagración espartana, un heroísmo a toda prueba y una modestia proverbial. Estos hombres y mujeres son los que en remotos parajes, a veces aislados e incomunicados, en elevaciones expuestas a los vientos o en posiciones vulnerables a los mares, miden la furia de los vientos, la intensidad de las lluvias y la fuerza de las mareas, operan los radares, vigilan los pluviómetros y participan en los vuelos de reconocimiento y, cuando todo cesa, regresan a sus ocupaciones habituales sin reclamar nada.
Los servicios de salud aseguraron la evacuación oportuna y de las personas necesitadas de cuidados especiales, tratamientos especializados, embarazadas a término y personas con discapacidades incompatibles con situaciones extremas. En los centros receptores de evacuados se colocaron equipos médicos dotados de los equipos y medicamentos necesarios y en las localidades susceptibles de quedar incomunicadas, con antelación se destacaron equipos médicos que permanecieron al cuidado de las poblaciones aisladas durante la emergencia.
El Ministerio y las empresas de transporte, la aeronáutica civil, las firmas telefónicas y de comunicaciones, la marina de pesca y de guerra, las tripulaciones de helicópteros y aviones de carga se desenvolvieron con impresionante eficiencia. En el momento preciso, sin ninguna vacilación, anticipándose a los vientos y las lluvias, según hacía falta, 10 000 vehículos evacuaron a la población sin un solo accidente y cuando los vientos superaban los índices de seguridad, se cortaba la electricidad, se abrían las compuertas de las represas y llegado el momento, el país fue paralizado de modo que las carreteras, caminos y vías férreas quedaran expeditas y ningún ciudadano, por ninguna razón arriesgara la vida.
Las palmas para las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el Ministerio del Interior, sus mandos y sus tropas y para los dirigentes provinciales y locales del partido que en lugar de actuar como funcionarios lo hicieron como líderes y para Raúl, el presidente que estuvo donde tenía que estar, ejerciendo la dirección de la respuesta en su conjunto, atendiendo el trabajo internacional y sobre todo, animando a sus colaboradores del gobierno, el partido y las fuerzas armadas, a los que instó a actuar con independencia y creatividad en el marco de las atribuciones de cada cual.
No hubo reuniones inútiles ni proclamas encendidas, no fueron necesarias invocaciones legales, apremios ni presiones. Los comunicados de las autoridades no eran ucases autoritarios aunque tampoco suplicas. La energía, la comprensión y la bondad se combinaron en dosis exactas.
Consecuente con su posición y su compromiso, Fidel ayudaba orientando a todos con su experiencia, su talento y con su energía. El país, los cuadros, los dirigentes y el pueblo lo sintieron cerca, en la línea delantera y estuvieron pendientes de sus Reflexiones y sus cartas. La Mesa Redonda fue uno de sus instrumentos.
La eficiencia alcanzada en la situación extraordinaria que acabamos de enfrentar conmina al país y a sus instituciones a logarla también en los días de normalidad y de rutina. Sobre eso, aun cuando nadie pretenda tener todas las respuestas, es necesario hablar y meditar. Allá nos vemos.
Jorge Gomez Barata
























































































