Disparos a la memoria

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Alguna vez alguien me contó que nada mejor para aprender la historia que verla con tus propios ojos. Ninguna descripción contenida en un libro, por muy bueno que sea el escritor, puede superar a la experiencia de visitar los lugares donde tuvieron lugar acontecimientos que, en algún momento, formaron parte de nuestro imaginario.

Quizás por esta razón la ciudad de Santiago de Cuba es uno de los sitios que más interés despierta. Un recorrido por sus calles equivale a ponerse en contacto directo con siglos de historia, ciertamente muy abordados por la literatura, la televisión y el cine; pero estas creaciones no pueden transmitir todas las emociones que despierta escuchar el impresionante silencio que cubre al cementerio de Santa Ifigenia, donde reposan tantos hombres que ayudaron a formar este país.

Tampoco se acercan a la carga simbólica de la iglesia del Cobre o a la visión de la bahía santiaguera, en cuyo fondo todavía yacen los restos de la destruida armada española, en aquella guerra de 1898 que algunos llaman "Hispano-Norteamericana", un olvido, no fortuito, de la presencia cubana en el conflicto.

Uno de los lugares más visitados en Santiago es el Cuartel Moncada, convertido en la Ciudad Escolar 26 de Julio. La antigua segunda mayor fortaleza militar de Cuba pasó a ser un gran complejo educacional después del triunfo de enero de 1959. Han pasado cincuenta y cinco años desde que el 26 de julio de 1953, un grupo de jóvenes decidiera dar un nuevo rumbo a sus vidas e iniciar una lucha armada que solo culminaría con el triunfo final.

A pesar de la distancia en el tiempo, el cuartel todavía muestra los impactos de balas recibidos en el ataque. Para las nuevas generaciones resulta importante observar las perforaciones. Ellas han quedado como mudos testigos de uno de los hechos que cambió la historia del país.

La dictadura de Fulgencio Batista quiso silenciar los ataques al Moncada y al cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, y para eso se valió de la censura de prensa vigente en 1953. El gobierno intentó distorsionar la acción.

Muchos cedieron; pero la periodista Marta Rojas no creyó en la versión oficial y sus reportajes, aparecidos en la hoy centenaria revista Bohemia, contribuyeron a esparcir la verdad sobre lo que realmente sucedió en el Moncada y las repercusiones posteriores que incluyeron salvajes torturas y asesinatos a los asaltantes.

Las relecturas y reescrituras de la historia, apoyadas en muchas ocasiones por los medios de comunicación, han sido tácticas muy empleadas y, aunque no es nada nuevo, sí llama la atención cómo estos procesos se incrementaron, sobre todo en los países del llamado campo socialista, en especial la Unión Soviética, desde mediados de la década del ochenta del siglo pasado. De un día para otro, los héroes eran villanos y los lugares venerados dejaron de serlo.

Los campos de concentración, que por un tiempo fungieron como museos, pasaron a centros comerciales. Las estatuas cayeron. Tal vez todavía no se ha comprendido a plenitud el costo de borrar, de un plumazo, décadas de la vida de esas naciones.

Pero el olvido no es el único problema, también están la idealización y las formas rutinarias de enseñar la historia. Cada una tiene sus peligros. Los héroes no fueron seres perfectos y detrás de algunas acciones, que muchos no se cansan de realzar con adjetivos grandilocuentes, en realidad existían otros intereses.

Reconocer los errores que en algún momento cometieron, lejos de dañar su imagen, humanizan a esos héroes, los convierten en personas más cercanas, y, por tanto, sus hazañas se agigantan.

Las rutinas, causadas por múltiples razones, le restan emoción a la enseñanza de la historia. Los discursos repetitivos y el distanciamiento de los lugares de la localidad, atentan contra una verdadera y profunda comprensión de acontecimientos que marcaron la vida de un determinado sitio.

Los muros horadados del Cuartel Moncada siguen allí. No como simples elementos decorativos, sino como recordatorios de un tiempo pasado que hubo que transformar, un tiempo que no puede caer en el olvido.

Miguel Ernesto Gómez Masjuán

Viejoblues, un espacio libre ∆