
Chile: El duelo infinito


Pasan los años y nos vamos olvidando que en Santiago de Chile existe el patio 29. En el patio 29 del Cementerio General se enterraron en forma clandestina cientos de chilenos y chilenas. Un mar de cruces sin nombre es un mudo testimonio del horror que vivió nuestro país bajo la dictadura.
Fueron años de solitario trabajo e incansable búsqueda de verdad y justicia lo que permitió a los familiares de detenidos desaparecidos, determinar con certeza que en ese lugar del Cementerio General se encontraban los restos de sus seres queridos.
El Estado democrático provisionó los recursos necesarios, humanos y económicos, y se instruyó al Servicio Médico Legal para que iniciara la ardua tarea de clasificar los restos óseos exhumados, y luego con aplicación de complejas técnicas procediera a su identificación. Para eso hubo que tomar muestras de ADN mitocondrial a los familiares que sobrevivieron.
Muchos de ellos fallecieron sin saber del destino final de sus hijos e hijas. A una gran mayoría no se les practicó esas pericias, por lo que, de llegar a suceder, que esos compatriotas regresaran del entierro clandestino es muy difícil su identificación.
Cuando algunos pedían que la búsqueda de los detenidos desaparecidos pasara al olvido, que el manto espurio de la amnistía cubriera tanto crimen, y exigían que el país pusiera el acento en las exportaciones de uva y madera, por la porfía de los familiares se tomó la decisión de crear una unidad especializada, con apoyo de científicos extranjeros, para seguir trabajando en los restos que de tarde en tarde se encontraban.
Sola Sierra, incansable luchadora, se entrevistó con las autoridades de la época y les contó que las madres y padres de esos muchachos y muchachas detenidos desaparecidos estaban muriendo… de pena!. Así se creó un banco especializado con muestras de ADN mitocondrial. Con la esperanza de que sí algún día se encontraran sus restos, ya sea en algún cementerio clandestino, en las laderas de algún cerro o el mar decidiera devolver esos cuerpos se pudieran identificar y rendirles el homenaje que la Patria les debe. Les debemos.
Gracias a la tenacidad de los familiares, el apoyo de profesionales anónimos y la experticia de un equipo de antropólogos y otras personas, además de la labor del Departamento Quinto de Investigaciones y jueces comprometidos con la verdad y la justicia, también el remordimiento de antiguos testaferros, el mar, las laderas de los cerros, el árido desierto fueron devolviendo los huesos de nuestros compatriotas.
Pero aún así no es suficiente. Problemas de sospechoso origen en el Servicio Medico Legal – como por ejemplo osamentas que se guardaban por años en bodegas, cuerpos que se entregaron por error como el caso de un ejecutado, militante comunista, del cual se hizo viajar a su familia desde Francia para sepultarlo y luego se les avisó que esos restos no correspondían a su familiar, para nuevamente volver a llamarlos y por segunda vez realizar la ceremonia fúnebre de nuestros ritos cristianos además de falta de tecnología- esos compatriotas que “volvieron” ahora deben emprender un nuevo viaje a tierras extranjeras para que puedan ser identificados. Es una larga romería de dolor, un largo rosario de lágrimas que no sabemos cuando concluirá. Un duelo infinito.
Es demasiado dolor para que lo soporten las familias. Creo que es demasiado dolor para una sociedad, que se dice humanista y que busca afanosamente desde las distintas trincheras políticas la reconciliación. Luchemos, no bajemos la guardia para que nuestros muertos puedan descansar en paz, antes que ellos nos terminen enterrando a nosotros como sociedad.
Rodrigo De Los Reyes Recabarren -G80-

























































































