Ideología contra sentido común


En el tercer y último debate presidencial del miércoles en la Universidad de Hofstra en Hempstead, New York, el republicano, John McCain, y el demócrata, Barack Obama, presentaron al pueblo norteamericano la última versión de sus propuestas para una próxima administración.
El debate fue conducido por Bob Schieffer, un veterano periodista y hábil moderador, que hizo un esfuerzo para que ambos candidatos no fueran repetitivos, además de obligarlos a referirse sobre espinosos asuntos como la asignación de jueces del Tribunal Supremo, el tono poco ético de la campaña electoral, y polémicos aspectos sobre educación.
Sin embargo en los 90 minutos del debate, no hubo novedad sobre los temas que más preocupan a la sociedad norteamericana, en particular el económico. Algunos analistas consideran que los candidatos no pudieron dar detalles en medio de la campaña electoral sobre las medidas que tomarán para reactivar la economía, porque muchas de ellas serán dolorosas.
En un ambiente de cortesía y tensión, donde predominaron ataques personales, McCain dirigió la atención del debate hacia dos símbolos del folklore norteamericano: un ex izquierdista, y el emblemático “sueño americano”. Se trató del profesor universitario Bill Ayers de Chicago, y el obrero Joe Wurzelbache, de Ohio.
El primero, fundador de la organización clandestina Weather Underground en la década de los 60, durante el convulso período de lucha por los derechos civiles en EE.UU., realizó violentas acciones políticas. En años recientes, Obama coincidió con Ayers en fundaciones de caridad en Chicago. La campaña de McCain acusó a Obama de ser “amigo de un terrorista”, a pesar de que los hechos ocurrieron cuando el candidato demócrata tenía 8 años de edad.
El segundo, un plomero que durante un recorrido de Obama por su ciudad, le dijo que sus planes de impuestos le impedirían comprar el negocio en donde trabajó como obrero durante años, a pesar de la promesa de Obama de no aumentar impuestos a pequeñas empresas con beneficios menores a 250 mil dólares.
Fue obvia la intención de McCain para crear desconfianza hacia las ideas de Obama. Sin embargo la mayoría de las personas consultadas después del debate, restaron credibilidad a las acusaciones.
El tema latinoamericano apareció inesperadamente para contrastar la confrontación con la convivencia pacífica. Al Obama mencionar a Venezuela sobre la necesidad de eliminar la dependencia del petróleo, McCain acusó al candidato demócrata de querer reunirse “sin condiciones” con el presidente venezolano Hugo Chávez, mientras se opone a un tratado de libre comercio con Colombia, “el mejor aliado de EE.UU.”.
Aunque muchos especialistas coinciden en que América Latina no será una prioridad, cualquiera que sea el que gane la presidencia, la crisis global que tiene como epicentro la economía norteamericana y sus consecuencias políticas, cuestionan en política exterior de la Casa Blanca, todo lo conocido hasta la fecha.
En cuanto a imagen, Obama estuvo sereno y seguro, representante del cambio. McCain se mostró exaltado y desesperado, exponente del continuismo.
Alfredo García
























































































