Las urnas, las cajas y nosotros


En el budismo chino la urna es una de las ocho figuras de la buena suerte; el estado de la suprema inteligencia. A su vez los simbolistas la registran como un símbolo del arte, porque de ella, como de una vasija, mana el agua incesante.
Es que ese fue el origen de la palabra latina: así se le llamaba al cubo que sacaba el agua del pozo. La urna que guarda las cenizas de los muertos simboliza la sucesión de la vida y la muerte. Y la más célebre de todas es la que figura en el templo de Apolo labrada por Dédalo. Más modesta, pero no menos simbólica, es la urna de la mesa del comicio en una escuela pobre o en una rica de cualquier barrio argentino.
No se crea que es casual que se haya querido que sea una urna el recipiente que contiene los sufragios. Significa el receptáculo donde se depositan las expresiones de un pueblo en democracia.
El domingo se cargarán con más de 27 millones de sobres que contienen papeletas con los nombres elegidos. Después, ya abiertas, se descargarán y derramarán públicamente su contenido: todo lo que sentimos, lo que somos y lo que deseamos. Y allí estaremos contados, arracimados, clasificados, sumados y comparados. Transparentes.
Lo que resulte de las urnas seremos nosotros en esta coyuntura. En este momento de la historia.
Julio Cortázar tradujo aquel bello poema de John Keats: donde Keats le canta a una urna griega: “Cuando a nuestra generación destruya el tiempo/ tu permanecerás , entre penas distintas a las nuestras”. Y si: cada generación tiene sus urnas y las llena y vacía como puede.
Durante años a las urnas argentinas les faltaron poetas y les faltaron votos. Y les sobraron tapaderos y tapamientos que las cerraron para que no abrieran la boca. Ya no.
Las cajas que actúan como urnas hablan por nosotros. Si ante ese espejo nuestra imagen no nos gusta no acusemos al espejo. Y asumamos eso que refleja. No se salga a gritar con histeria que no vale, porque vale. El único fraude sería el de los que “fraudan” un fraude que no existe.
Votar es saber perder sin escupir a los que ganan ni a los que gobiernan.
Orlando Barone
























































































