Salve Cesar, Los que van a morir te saludan

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“En el delirio del despotismo, en el exceso de la opresión, en ausencia o durante el sueño de las leyes…, el hombre virtuoso se levanta contra la autoridad opresora e inaguantable para sustituirle… por otra respetada y amable” -Simon Bolivar-

“Se nos enseñó que el Titán había dicho que la libertad no se mendiga sino que se conquista con el filo del machete…” Fidel Castro, en La Historia me Absolverá.

Pensaba Bolívar, nuestro padre espiritual, El Libertador, en precisa crítica al fingimiento en las relaciones internacionales que “un diplomático, debe ser todo reserva, misterio y doblez”.

Afortunadamente en esta trinchera no hay persona que encaje en esa definición, de tal surte que desde ya se podría decir que no es nada diplomático este comentario que se realiza desde la convulsionada realidad colombiana, de manera directa y con el corazón.

No puede imputarsele a la permanencia de la guerra de guerrillas la existencia de los evidentes planes de expolio y dominación, que tanto Estados Unidos, Europa y el imperialismo en general (y también en particular), tienen sobre el territorio y los pueblos de la América Nuestra desde antes y después de lo que podamos imaginar.

A palabras que afirmen que la resistencia armada de los pueblos en el desenvolvimiento de la aún no clausurada lucha de clases, ya no tiene razón de ser en el continente, o en el mundo, el calificativo más comprensivo e indulgente que se le podría dar es el de desafortunadas.

Afirmaciones de tal tipo son tan asombrosas por lo erradas, como aquellas que daban por sentado el fin de la Historia, aunque surjan de bocas que hablan desde la buena fe o desde aquellas que lo expresan no por teórica convicción desacertada sino como intencionada alocución engañosa que apunta como venenosa ojiva retórica a aniquilar las convicciones emancipatorias de los pueblos del orbe.

A partir de esta precisión es necesario decir que quienes en las montañas comuneras combaten por la Nueva Colombia, la Patria Grande y el Socialismo, como el Libertador, evidentemente marchan en el rumbo que se desprende de la convicción de que “todo el cuerpo de la historia enseña que las gangrenas políticas no se curan con paliativos”.

Por ello, es justo desde una posición de revolucionario, rendir homenaje a quienes desde sus trincheras ideológicas han hecho la defensa de los que en las trincheras de pólvora y metralla, obligados por la perfidia de los explotadores, perseveran en mantener la esperanza de la emancipación y la justicia.

Es pertinente retomar por ejemplo ahora, y sobre todo por ese especial amor que los luchadores populares le profesamos al pueblo cubano, a ese pueblo heroico de verdaderos amigos de los pueblos oprimidos del mundo, las palabras de Fidel, del ejemplar, querido y admirado compañero Fidel; no las palabras de aquella generalización inadecuada en la que afirmó en el IV Foro de Sao Paulo de 1994 en La Habana, -como bien lo recordó en estos días el entrañable amigo Narciso Isa Conde– que el camino de la lucha armada estaba clausurado en América Latina y el Caribe. No.

Eso creo que, las mismas FARC en el mencionado Foro, en cabeza de Rodrigo Granda, al lado del siempre firme revolucionario y crítico camarada dominicano y frente al propio Fidel, lo rebatieron suficientemente. Por entonces el silencio que guardó el Comandante antillano respecto a quienes le argumentaron en oposición, fue demasiado elocuente, pues se trataba de un asunto de principios respecto al que se sentaron posiciones diferentes que había que respetar de uno y otro lado.

Lo que se retoma ahora en esta nota son la palabras del gran Fidel, el guerrillero de la Sierra Maestra, el insobornable compañero del Che Guevara, cuando en enero del 2004, con ocasión de la celebración del aniversario 45 de la revolución cubana, en el Teatro Carlos Marx, rememoró con orgullo la gesta de 1959.

Hablando de las razones que han dado fuerza al batallar de los oprimidos dijo Fidel: “Creíamos en los derechos de los pueblos, entre ellos el derecho a la independencia y a rebelarse contra la tiranía”.

Evocó el admirado comandante ese día, el texto de la Declaración de Independencia de las 13 antiguas colonias inglesas de Norteamérica del 4 de julio de 1776 en la parte en que dice: “Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales; que a todos les confiere su Creador ciertos derechos inalienables entre los cuales se cuenta la vida, la libertad y la consecución de la felicidad […] que siempre que una forma de gobierno tienda a destruir esos fines, el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios y organice sus poderes en la forma que a su juicio garantice mejor su seguridad y felicidad."

Y explicó también que en la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre, a raíz de la Revolución de 1789, se proclamó que: "Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para éste el más sagrado de los derechos y el más imperioso de los deberes". Con lo que de manera eficiente, magistral e irrebatible dio base convincente a su exposición sobre el derecho que tienen los pueblos a rebelarse contra sus opresores.

Esas palabras como aquellas heroicas de la Primera y la Segunda Declaraciones de la Habana, seguirán resonando en cada rincón del continente, como patrimonio de los pueblos, tal como lo son también aquellas de Marx que nos enseñan, con sólidos y comprobados argumentos, que es la violencia la partera de la historia, y no por capricho de los oprimidos.

Los revolucionarios del continente hemos dicho en otras ocasiones, y lo seguiremos diciendo, gracias Comandante, por esas palabras que han alimentado tanto nuestras convicciones. Frente a ellas cualquier otro argumento, incluso saliendo de su boca sería vano, superfluo e innecesario.

Sobre todo cuando, a propósito de la Segunda Declaración de la Habana vienen a la mente cavilaciones como aquella que le surgió al Comandante Guevara en cuanto a que la burguesía latinoamericana ha sido incapaz de enfrentarse al imperio, a los EEUU., “paralizada por el miedo a la revolución social y asustada por el clamor de las masas explotadas”.

Fundamentándose en la inspiradora Segunda Declaración, el Che critica implacablemente el reformismo para pasar a describir lo que llama Contradictorio cuadro de América: “dirigencias de fuerzas progresistas que no están a la altura de los dirigidos; pueblos que alcanzan alturas desconocidas; pueblos que hierven en deseos de hacer y dirigencias que frenan sus deseos.

La hecatombe asomada a estos territorios de América y el pueblo sin miedo, tratando de avanzar hacia la hecatombe, que significará, sin embargo, la redención definitiva.

Los inteligentes, los sensatos, aplicando los frenos a su alcance al ímpetu de las masas, desviando su incontenible afán de lograr las grandes conquistas estratégicas: la toma del poder político, el aniquilamiento del ejército, del sistema de explotación del hombre por el hombre. Contradictorio, pero esperanzador, las masas saben que “el papel de Job no cuadra con el de revolucionario” y se prestan a la batalla”.

¿En qué circunstancia está Nuestra América hoy?, pudiéramos preguntarnos al traer a la mente tanta enseñanza de revolucionarios que jamás se rajaron; combatientes que como el Che murieron haciendo honor a su manera de pensar; ¿en qué circunstancia está Nuestra América hoy respecto a las perspectivas de la lucha por la liberación?

Es notorio el auge del sentimiento liberador bolivariano y el debate que se ha fortalecido respecto a las formas y las vías que han de asumir los pueblos para materializar la segunda y definitiva independencia.

A la hora de las definiciones, entonces, no pierden vigencia las “viejas” y siempre necesarias experiencias y reflexiones de los probados luchadores revolucionarios como son Fidel y el Che Guevara.

No están fuera de tiempo y necesidad las reflexiones del compañero Fidel en el 45 aniversario de la Revolución Cubana, la cual se hizo por la vía de las armas, con guerrillas peleando con fusiles en las manos, neutralizando a los burgueses que aún sin ponerse el uniforme ni tener en sus manos el arma de un soldado son más militaristas que los militares y más responsables que ellos del desangre de la patria; teniendo que acudir a retenciones que impactaran a la oligarquía como ocurrió con la operación que mantuvo en cautiverio al automovilista argentino Juan Manuel Fangio, capturando prisioneros para canjearlos hasta por víveres y tractores como ocurrió con los sayones que invadieron Playa Girón.

Enfrentando a los Judas de la talla de Del Pino, Hubert Mattos, Juana y Mirta Castro, etc, etc, etc. y otros que como Roberto Robaina o los Badueles venezolanos defeccionaron por dádivas miserables, y que bien pudieron ir en justicia y por necesidad al recto paredón que tanto se ha criticado por quienes desde las toldas del imperio asesinan de hambre y con los peores métodos al pueblo explotado y vilipendiado, mientras claman por los derechos humanos haciendo espurias listas donde meten como terroristas a personas, pueblos, organizaciones y Estados que lo que hacen es defenderse de la tiranía del dólar.

Y no están fuera de tiempo y necesidad las palabras expresadas frente a la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en nombre de millones de hijos de la patria de Martí, de los herederos de aquel que murió de cara al sol asumiendo la lucha armada sin dubitación.

Los discursos de Fidel del tres de enero como del primero de mayo del 2004, tienen el mismo sentimiento y razonamiento de patria o muerte, de resistir con los medios que imponga el enemigo. Tienen el mismo sentimiento del Héroe de la Higuera, cuando enarbola su fusil por los pobres de la tierra.

De antemano sabemos lo que piensa y efectivamente hace el imperio contra los pueblos más débiles, y contra ello es que decimos, recordando aquellos discursos, la guerra de resistencia del pueblo en armas en Colombia, es también como la cubana que se describe en los eventos mencionados: “un acto de indignada protesta y una denuncia contra las brutales, despiadadas y crueles medidas que…” el gobierno yanqui y sus lacayos adoptan contra los oprimidos de la tierra de José Antonio Galán y contra los pueblos de Nuestra América.

Parafraseando a Fidel deberemos decirle al imperio y a sus oligarquías, sin dejar en solitario a los combatientes bolivarianos que entregan su sangre peleando con decoro en las montañas de Camilo Torres y Hernando Gonzáles Acosta, que Puesto que ustedes han decidido que nuestra suerte está echada, tenemos el placer de despedirnos como los gladiadores romanos que iban a combatir en el circo: Salve, César, los que van a morir te saludan.

Sólo lamentamos que no podríamos siquiera verles la cara, porque en ese caso ustedes estarían a miles de kilómetros de distancia, y nosotros estaremos en la primera línea para morir combatiendo en defensa de la Patria Grande.

Y diría más en el parafraseo: algún día habrá que construir una estatua a aquellos hombres y mujeres, que como el comandante Manuel Marulanda y sus guerrilleros, en tan durísimas condiciones lo arriesgaron todo y lucharon contra los proyectos yankis. La historia de esa batalla constituirá una página digna de recordarse…, a pesar de sus detractores, incluso de aquellos que fingen amistad.

En nombre del pueblo de Colombia, la de Bolívar y Miranda, y en nombre de la Patria Grande, la América Nuestra de Martí, deberemos prestar nuestra mayor solidaridad para con aquellos que se mantienen en sus puestos de batalla, empuñando con firmeza sus armas, con mucha dignidad, y con la determinación de ir hasta la victoria o hasta la muerte con el juramento de vencer.

En todo caso, habrá que sostener esta posición sin descartar la gratitud respecto a quienes anhelando la paz, de buena fe han creído que una entrega sin condiciones por parte de la insurgencia podría ser la salida para la reconciliación que tanto merece el pueblo de Antonio Nariño, pero sobre todo deberemos estar orgullosos y desbordando reconocimiento para quienes han tenido el valor de apoyar e incluso defender la legítima determinación de las FARC de mantenerse inclaudicables, y se han preocupado también por sus guerrilleros, militantes y simpatizantes que padecen prisión en peores condiciones que aquellas en las que han estado y aun permanecen los prisioneros del establecimiento.

De nuestra parte no tenemos duda que en los fusiles de las FARC-EP resiste la América latinocaribeña toda. Cuenten los combatientes de Bolívar y Manuel con nuestra solidaridad incondicional;

Sabemos que para sus prisioneros en la cárcel y para sus guerrilleros en la montaña la lucha será dura, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento; pero sabemos también que no temen a ello ni a la furia del tirano miserable que ha arrancado la vida a millares y millares de humildes colombianos, como condenado a la miseria y a la zozobra a millones. Condenadlos, no importa, la historia les absolverá.

ABP Colombia

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