México, La terca realidad

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Para 2030 los propósitos presidenciales son que no haya pobres en México, que el país sea plenamente desarrollado y que -¡para dentro de 22 años!- se haya ganado la guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado.

Los monumentales deseos de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, y con seguridad de prácticamente todos los mexicanos que no pierden la capacidad de soñar y la esperanza de transformar a la nación, quedaron guardados en el atrio oriente de la Catedral Metropolitana, en una caja de acero inoxidable de 22 centímetros de ancho por 32 centímetros de largo y 25 centímetros de alto.

Con cautela que no lo singulariza, el economista y abogado de Michoacán, no traspasó el dintel de la puerta del recinto religioso, el 18 de julio, y acompañado de Norberto Rivera Carrera -el cardenal y presunto protector de sacerdotes pederastas-, pero eso sí, depositó humildemente nada más: el Plan Nacional de Desarrollo, la visión presidencial de México para el 2030 y el I Informe de Gobierno. Caja y documentos, entre otros, que reemplazaron a los que fueron depositados en 1791.

Como se recordará, las proyecciones para 2030 fueron elaboradas en tiempos políticos de enorme crispación, cuando el entonces candidato presidencial electo vivía y despachaba a salto de mata y encontró en las reuniones palaciegas una vía para empezar a legitimarse, aunque rodeado, literalmente copado, por el Ejército, la Armada, el Estado Mayor Presidencial y la Policía Federal Preventiva, que el pasado viernes establecieron estrictas medidas de seguridad en el Centro Histórico del Distrito Federal.

No tengo nada en contra de que el inquilino principal de Los Pinos sueñe. Pero sí y mucho, que para ello se refugie e incluso manipule creencias y convicciones religiosas. Más aún cuando es notable que conforme transcurre el sexenio y no se cumple prácticamente ninguna de las metas importantes asumidas ante la República, se esté convirtiendo en una vía de escape de las terrenales y laicas obligaciones que juró cumplir en una atropelladísima ceremonia del Congreso de la Unión.

Absolutamente nadie puede estar en contra de que 14 millones de mexicanos abandonen el inframundo de la pobreza extrema. Tampoco que todos los jóvenes -prisioneros crecientes del desempleo, la angustia y la depresión- tengan acceso a las aulas universitarias. Menos aún que la esperanza de vida pase de 72 a 80 años de edad.

Como tampoco que el ingreso per cápita pase de los 8 mil dólares, de 2006, a los 29 mil dólares previstos para 2030. Ni siquiera la creación de 900 mil empleos anuales para entonces, en lugar de los 600 mil que presuntamente se crean ahora. Hasta el sueño guajiro de ser la quinta economía de la aldea global en 2040.

Pero girar cada vez más alrededor de los propósitos de mediano y largo plazos, en demérito de las obligaciones del presente, del aquí y el ahora que agobia a millones de desempleados, a las mayorías nacionales que subsisten con salarios e ingresos depreciados, con el crimen organizado que impone su propia ley y un baño de sangre sin precedente, se empata más bien con conductas de escapismo y declinación de las tareas de gobierno.

La terca y triste realidad esta allí, frente a un ensoberbecido e incompetente grupo gobernante que no acaba de asimilar la derrota intelectual y política que sufrió en los foros senatoriales sobre la reforma petrolera.

Debate que ahora todos aplauden, como si olvidaran que se conquistó con base en la movilización ciudadana y la toma de las tribunas legislativas, condenadas histéricamente por el gobierno federal y la dictadura mediática a su servicio, que ahora la emprende, junto con el Partido Acción Nacional, en contra de la Consulta Ciudadana.

Eduardo Ibarra Aguirre

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