La noticia de la muerte de la madre de Gerardo llegó a la carcel, ¿habrá llegado tambien a la Casa Blanca?


Una persona inocente nunca debía estar encarcelada, aunque la prisión durara un minuto. Cuando la prisión injusta se prolonga por años –once en el caso de Gerardo- el delito es un crimen. ¿Cómo calificar este crimen cuando la condena injusta es de más de dos cadenas perpetuas, por cargos infundados e inventados?
Del lado humano se debe valorar la agonía del prisionero, llevada con estoicismo y dignidad, sometido a una realidad en que tiene la certeza de que su condena está dictada por una ciega venganza política; en que constata que además del encarcelamiento debe soportar la prohibición de que su esposa le visite periódicamente como es su derecho, y como hasta Dios manda.
En que estaba seguro de que en las circunstancias de su vida en prisión, su Mamucha frágil por los años y la enfermedad de Alzheymer, la madre valiente y nobilísima, se le iría inexorablemente, como al fin ocurrió, sin poder tenerla entre los brazos una última vez y sin poder derramar una lágrima tibia que le permitiera transmitirle, con su cercanía, a pesar de su estado de inconsciencia mortal, su gratitud y amor por tantas ternuras recibidas y tantas grandezas reconocidas, apreciadas con mayor intensidad desde una cárcel lejana, fría y despiadada.
Tal vez Gerardo podría haberle musitado al oído, con voz transida de dolor, lo que un día escribiera José Martí a su madre, para consolarla desde la tierra lejana, precisamente los Estados Unidos:
”El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.”
Quizás pudo confesarle, a distancia, lo que Martí expresara:
”Mucho siento estar metido entre rejas; -pero de mucho me sirve mi prisión”.
Tal vez Gerardo pueda confirmarnos sobre la convicción existencial surgida de la vivencia dolorosa de la muerte de la madre, con
palabras de Martí:
“No cree el hombre de veras en la muerte hasta que su madre no se le va entre los brazos. La madre, esté lejos o cerca de nosotros, es el sostén de nuestra vida. Algo nos guía y ampara mientras ella no muere. La tierra, cuando ella muere, se abre debajo de los pies:”
Allá en la prisión de Victorville, California, donde Gerardo aguarda a que la verdad y la justicia pongan fin a su cruel pesadilla carcelaria, existe un dolor amargo y compartido por la desaparición de su Mamucha que entró en su pecho viril como un disparo, y, desde ahora, este dolor también estará prisionero injustamente.
Wilkie Delgado Correa
























































































