Viva Italia

Imagen de Carlos Tena

Esos científicos italianos que acaban de demostrar que una mano implantada (la bautizan como biónica, porque se rige por impulsos lanzados desde el cerebro del portador), puede actuar tan sólo por medio de la energía que se esconde en las neuronas, o para ser más exactos, en el complejo universo de la masa que oculta el cráneo de casi todos los seres humanos, no merecen sólo el Nóbel de Medicina 2010, sino el de Arquitectura Somática, el de Física Aplicada, y el de Electricidad y Utilidad Social.

La hazaña tuvo lugar en el Campus Bio-Medico, siendo el paciente un ciudadano italo-brasileño llamado Pierpaolo Petruzziello, de 26 años, al que se le hubo de amputar la mano tras un accidente de automóvil ocurrido en noviembre de 2008.

Unos meses más tarde, se le ofreció la posibilidad de recuperar una cierta normalidad en su brazo, para lo que dio su consentimiento. La complicadísima intervención fue realizada por tres expertos en cirugía, dos anestesistas, tres neurólogos y cuatro bio-ingenieros.

A las pocas horas, Pierpaolo, tras unas breves sesiones de entrenamiento, comenzaba a dominar cerebralmente su nueva mano biónica con un éxito absoluto.

Me apuesto un euro a que la Trilateralista ministra de Sanidad española, Trinidad Jiménez, no se lanza a la adquisición del invento, porque no es su amigo Donald Rumsfeld quien detenta la titularidad del invento. Ya se sabe que las 30 millones de vacunas que le ha compró al estraperlista del Tamiflú, serían un negocio de poca monta comparado con igual número de manos biónicas.

Estoy convencido de que si el invento hubiera sido obra de científicos made in USA, a estas alturas el mentado Rumsfeld ya estaría tramando, al frente de su equipo de asesinos a sueldo, una nueva enfermedad originada por un virus que paralizase las manos, y luego telefonear a la Trini y a Esperanza Aguirre, para venderles una cantidad parecida de miembros biónicos.

Y el fruto del trueque, díganme ustedes a manos de quien iría a parar. Exacto, lo han adivinado.

Al igual que Arquímedes, Galileo Galilei, Leonardo da Vinci, Guido D’ Arezzo, Luigi de Cristofori, Antonio Meucci (al que Graham Bell robó sus planos e invento del teléfono, como suelen hacer los yanquis), Torricelli, Guillermo Marconi, Enrico Fermi o Alejandro Volta, nacidos todos ellos en los que hoy es Italia, estas mentes privilegiadas han logrado algo formidable, que la sanidad pública podría utilizar en beneficio de todos los ciudadanos.

Pero también han de ser cautos, ya que han puesto en manos de la industria un auténtico milagro, que en EEUU sólo los millonarios podrán disfrutar, a menos que Obama se vuelva loco y cumpla sus promesas.

Parece de ciencia ficción, pero es tan real como la escasez de trabajo. Resulta sorprendente saber, que las personas que carecen de alguna de las manos no tengan más que pensar qué dedos quieren poner en marcha, para que su orden se cumpla a través de la mente, que actuará de inmediato sobre el miembro en cuestión, movida por impulsos eléctricos cerebrales, sin que el trasplantado haya de someterse antes a la lectura de complicados manuales de cibernética.

Me imagino que el equipo de geniales científicos cumple una hoja de ruta de final increíble, en la que podrían hallarse miembros inferiores biónicos, que supongo mil veces más complicados de accionar con la única voluntad del intervenido. Sería un plan con buen pié.

Saludo con entusiasmo y aplaudo a todos ellos, aunque ruego que, de momento, no se lo digan a Berlusconi, no sea que les pida una tercera mano con la que intentaría meter el dedo en el ojo a los jueces que le `persiguen por ladrón, embaucador, estafador, charlatán, embustero, bribón y fascista.

Y si el Cavaliere Della Mafia les ordenara, aunque fuere de forma amenazante, que le implanten esa nueva mano artificial, ruego a los científicos que le coloquen una que sea biónicamente sorda, o sea, que en lugar de apuntar al ojo del jurisprudente, lo haga contra sí mismo. Y si pudiera ser, contra su tercer ojo.

Viva Italia… sin Berlusconi.

Carlos Tena

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