Revolucion es sentido del momento historico

Las revoluciones no necesitan proclamar la democracia porque son paradigmas de democracia, no requieren de amparo legal porque son fuentes de Derecho y no necesitan de instituciones representativas porque cuentan con liderazgos auténticos. Las repúblicas son otra cosa. Funcionan en consonancia con un sistema político estructurado y basado en leyes escritas y consensuadas. Ninguna puede prescindir de las formalidades institucionales y necesitan estabilidad.
Ninguna revolución evade su destino; al llegar al poder es preciso gobernar y hay que hacerlo para todos y sobre la base de procedimientos colegiados. Aunque son normales los períodos de provisionalidad, no existen sucedáneos para la profundidad que confiere el ordenamiento legal y el normal funcionamiento de las instituciones. El poder no es omnímodo y es revocable.
Las revoluciones pueden contarse con los dedos de las manos (Norteamérica 1776, Francia 1789, México 1910, Rusia 1917, Cuba 1959 y actualmente Venezuela), en cambio su influencia es enorme y su trascendencia inmarcesible. Se trata de hitos en el progreso porque cumplen las tareas históricas de desplazar del poder a las clases sociales caducas, establecer nuevas relaciones de producción y proporcionar a las fuerzas sociales portadoras de lo nuevo el espacio necesario para crecer y desarrollarse.
Las revoluciones son irrepetibles porque no necesitan reeditarse y cuando, desafortunadamente, no logran consolidar sus metas y son derrotadas, como ocurrió con la Comuna de París, prevalece la contrarrevolución, identificable por su esencia retrógrada y restauradora.
Las revoluciones no temen al cambio porque promoverlo y auspiciarlo es su esencia y su legado. No obstante, los condicionamientos debido a circunstancias y coyunturas, el discurso inspirado en ellas es necesariamente renovador, aperturista y reformista, con frecuencia audaz y siempre asociado al progreso. En ese sentido esencial, por su espíritu y su vocación, la revolución es un fenómeno permanente.
Cuando las fuerzas propulsoras del movimiento histórico se tornan narcisistas, pierden contacto con la realidad, se distancian de las bases que la sostienen, se conforman con el status quo y lo defienden con la mentalidad mezquina y conservadora de quien cree poseer la verdad absoluta y se apartan del estilo autocrítico que las caracteriza, las revoluciones se agotan y necesitan de nuevos incentivos.
Recuerdo que en 1976 cuando se celebró el bicentenario de la independencia de los Estados Unidos, se enarboló un lema central que entonces pareció magnifico: “El Espíritu del 76”, remitiendo aquella celebración a la mentalidad y la obra de los prohombres que hicieron la primera revolución liberal y fundaron la primera republica, que funcionó sobre la base de leyes escritas, control del poder, derechos preestablecidos, amplias libertades, transparencia y democracia.
Lo lamentable es que aquella revolución, la primera en el vasto espacio colonial americano, tal vez comprendiendo mal uno de los llamados de George Washington, hiciera del aislamiento una filosofía. La Nación que nació entonces desmintió los postulados que le dieron vida cuando para consolidarse se tornó agresiva e imperial y avanzó sobre la frustración de otros.
El desmentido al Espíritu del 76 comenzó cuando se mantuvo la esclavitud de los negros, se le negó a la mujer la emancipación, se toleró la masacre de los pueblos originarios y se despojó a México. Aquellos no fueron defectos circunstanciales, sino evidencias de que las elites políticas que llegaban al poder, habían descartado la vocación de los fundadores.
La conmemoración, sin embargo, no promovió un relanzamiento de aquel ideario. La continuada erosión de los fundamentos originales ha llevado a una actitud despreciativa y hostil a los pueblos que, como los de América Latina, a pesar de intensas luchas, no lograron a tiempo crear y consolidar entornos propiciatorios del progreso y el desarrollo.
La revolución ciudadana, socialista o simplemente liberal, que quedó por hacer, está ahora en marcha con el handicap de realizarse en el momento en que Estados Unidos trata desaforadamente de construir una hegemonía imperial a escala global, proyecto del que forma parte la captación de los recursos estratégicos más vitales y la neutralización de cualquier alternativa que estorbe a su proyecto.
El respaldo a las oligarquías que en defensa de sus privilegios y al margen de los intereses de las naciones confronta a los procesos de cambios en Latinoamérica, colocan a Estados Unidos como un bastión de la contrarrevolución. Cincuenta años atrás, respecto a Cuba la excusa fue la incompatibilidad del sistema interamericano con el comunismo. Ahora cuando los comunistas son una rareza: ¿Cuál es el pretexto para conspirar contra Venezuela, Ecuador y Bolivia?
Jorge Gomez Barata
























































































