El rey que rabia

Imagen de Cristina Castello

La movilización del 6 de marzo no será una marcha con redobles y perros pitbull, sino un grito contra la guerra, la violencia y el miedo. Entre Chávez y Sarkozy de un lado, y Ciro Ramírez y el primazo Mario Uribe de otro, el cazador terminó cazado. Y, además, envenenado de la ira.

Las dificultades —las grandes, las verdaderas— están a la vista como los nubarrones de un chubasco. Uribe quiso llevar la guerra hasta las últimas consecuencias y la llevó a las fronteras. Se combate en las fronteras: el Catatumbo, Sucumbíos, el Darién. Nuestros vecinos están asustados del contagio y toman medidas.

La guerrilla ha sido sacada de las carreteras y de los cascos urbanos para meterla en territorios que el Estado no puede controlar, como de golpe y totazo lo han puesto sobre la mesa Luis Eladio Pérez y Orlando Beltrán tan pronto se bajaron del helicóptero que los llevó a Caracas. La farsa montada por Juan Manuel Santos sobre Géchem ha quedado desenmascarada: el senador llegó caminando y no en guando.

Las Fuerzas Militares bombardean a ciegas, indiscriminadamente, aunque nadie les puede negar los aciertos en inteligencia ni la superioridad aérea y tecnológica. Uribe se ha opuesto con la terquedad que lo caracteriza a un acuerdo humanitario, pero ha logrado, sin proponérselo, desde luego, abrir un boquete por donde tarde o temprano entrará el reconocimiento político a las guerrillas, que no es lo mismo que el carácter de beligerancia que les reconoce Venezuela. Pero sí, muy cercano.

De hecho, Francia lo está dando: Sarkozy está dispuesto a reunirse en cualquier lugar de la frontera entre Colombia y Venezuela para recibir a Íngrid como preámbulo de una salida negociada al conflicto. De seguro, otros gobiernos lo apoyarán. Ya lo sugirió Chávez con su propuesta de un nuevo Grupo de Contadora para Colombia y lo va a proponer próximamente en Cartagena. En este campo, Colombia perdió la iniciativa diplomática y no puede salir sino con evasivas o con berrinches. Uribe confesó que no tiene opinión al respecto.

Mientras tanto, en el país la cosa está ardiendo. El Señor Presidente está sitiado por el desenlace de las fuerzas que pretendía controlar. Al Pacto de Ralito se suma ahora el Pacto de Antioquia, rescatado de la oscuridad por Claudia López y León Valencia. En Córdoba, Uribe tiene muchas propiedades, y en Antioquia, muchos votos. Ambas regiones conocen sus secretos y su historia y ahora es cosa de mera arqueología encontrar los hilos que atan el cabo.

Con el llamado a rendir indagatoria al ex presidente del Partido Conservador y adalid de la reelección, doctor Ciro Ramírez, el chambuque aprieta, usando el lenguaje oficial. Para salir de la encrucijada, el Presidente ha echado mano de un peregrino y muy peligroso recurso: redoblar el contencioso que tiene con la Corte Suprema de Justicia. La Corte revira a su vez con una pregunta no menos peligrosa: ¿Cursa en la Cámara alguna investigación sobre paramilitarismo del Presidente?

Si se ha dicho que el escándalo de la parapolítica es más grave que el 8.000, y que sólo es comparable con la inestabilidad creada a raíz del 9 de abril, cuyo costo en sangre no acabamos de pagar, ¿qué se dirá ahora de una crisis política adobada con la crítica situación fronteriza?

Aunque suene reiterativo y redundante: no hay solución distinta a negociar las diferencias con la guerrilla en un solo paquete y de una vez por todas. La frase que Uribe copió de Núñez tendría así un sentido diferente: constituyente o hecatombe.

La movilización del 6 de marzo no será una marcha con redobles y perros pitbull, sino un grito contra la guerra, la violencia y el miedo. Entre Chávez y Sarkozy de un lado, y Ciro Ramírez y el primazo Mario Uribe de otro, el cazador terminó cazado. Y, además, envenenado de la ira.

Alfredo Molano

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