
Víctor Jara, más allá de la justicia


Por esos presos torturados que nunca más volvieron a ver la luz del día, se tiene que hacer justicia, sólo así se podrá cerrar aquella herida que aún está abierta en la memoria colectiva de Chile.
Será posible que se pueda hablar de democracia y libertades sin tomarla en cuenta a la anhelada justicia que reclama el pueblo y los familiares por sus seres torturados y asesinados?, se podrá hablar de justicia cuando se da por cerrado el proceso histórico y simbólico por el asesinato del cantautor Víctor Jara y hallar como única cabeza de turco al teniente coronel en retiro Mario Manríquez Bravo ex jefe y responsable por entonces del Estadio Nacional de Chile?.
Donde están los demás altos oficiales del Ejército vinculados al crimen?, será posible que esa diosa Themis recupere la balanza y haga justicia al trauma de 17 años de dictadura militar?, autores materiales e intelectuales que segaron la vida de más de 3.000 ciudadanos asesinados, de 28.000 torturados y una diáspora de chilenos que sobrepasaron los 200.000?
Víctor Jara intuyendo su desenlace fatal nos legó ese testimonio de denuncia en su última poesía escrita en prisión antes de que fueran cercenadas esas manos creadoras por esos abominables bárbaros de uniforme que después de torturarlo perforaron su cuerpo a bocajarro ese 16 de septiembre del 1973. Tres días después encontraron su cuerpo entre matorrales cerca al Cementerio Metropolitano, pensando los ilusos que sólo así todo acabaría. Aquella poesía que pasó mimetizada de mano en mano entre los compañeros de infortunio, pudo al fin salir para que el mundo conociera la verdadera cara del fascismo:
” (…) Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,
uno saltó al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte. (…)
Ese es el verdadero rostro del fascismo que reaparece en cualquier tiempo y dimensión geográfica, ese aspecto demente que advirtiera Víctor Jara rasgaba las fibras más íntimas del pueblo boliviano años después cuando el líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz y el padre Luis Espinal Camps corrían la misma suerte en manos de sus torturadores antes de ser victimados.
Así como en Santiago utilizaban el estadio deportivo como campo de concentración para asesinar sangre noble, en las calles de La Paz utilizaban las ambulancias de salud para transportar presos con dirección desconocida.
En Chile tienen ahora a un único culpable entre rejas, el teniente coronel en retiro Mario Manríquez Bravo y en el caso boliviano se encubre todo ese pasaje oprobioso del fascismo boliviano con un sólo reo rematado a 30 años en aquel aislado presidio de Chonchocoro, pues Luis García Meza es sólo la punta de aquel témpano infamante.
Para cerrar las heridas del pueblo no sólo es suficiente cambiar el nombre del Estadio de Chile por el acertado nombre de Víctor Jara sino que ese clamor de justicia debe de ser interpretado en su justa dimensión por un pueblo que a través de la justicia a los autores materiales e intelectuales podrá recuperar el crédito hacia el derecho de vivir en paz y para que esa herida de aquella barbarie recién empiece a cicatrizar.
En este carrusel de la vida habrá que seguir alerto, pues pese al advenimiento de los cambios democráticos en el continente, el fascismo sigue soberbio y mostrando abiertamente sus influencias y malas intensiones agitando con todo desparpajo sus esvásticas y sus garrotes en plena democracia, basta ver a los separatistas que quieren dividir Bolivia, o a esa cumbre continental del fascismo reunida en Rosario en el mes de marzo pasado.
“(…)¡Canto que mal me sales
cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto(…) Víctor Jara septiembre 1973.
Víctor Jara pese a su ausencia física sigue vivo en cada ruiseñor que le gorjea a la vida, en cada corazón rebelde que siente las injusticias y le canta las verdades no sólo como denuncia y protesta sino también como propuesta para alcanzar el bien común.
Ernesto Joaniquina Hidalgo

























































































