
Ahora izquierda es todo lo que no sea derecha


No se trata de acuerdos unitarios o de coaliciones y mucho menos de imposiciones, tampoco de que alguna haya prevalecido sobre las otras, sino de la convergencia dictada tanto por procesos de maduración orgánica y teórica como por la subsanación de una cadena de errores, malos entendidos y prejuicios sectarios.
Todo comenzó a mediados del siglo XIX cuando el pensamiento político más avanzado, nucleado en torno a Carlos Marx, Prohudon, Bakunin, Lassalle, y otros, con el marxismo como fondo teórico común, se escindió en dos grandes corrientes.
Aquellos que asumieron que los intereses de clase son irreconciliables, formaron un ala sumamente radical, que se planteó la toma del poder político, la derrota de la burguesía y el establecimiento de la dictadura del proletariado como meta. De esas tesis se alimentaron los comunistas y su destacamento más avanzado: los bolcheviques.
Por la otra vertiente avanzaron las corrientes formadas por quienes, a pesar de reconocer la existencia de las clases sociales y la lucha entre ellas, consideraban que sus intereses eran compatibles, se ubicaron hacía el centro del espectro político y dieron lugar al reformismo socialdemócrata y socialcristiano, más próximo al liberalismo.
Con los matices derivados del origen de clase y de la orientación de sus lideres, las interpretaciones de la realidad y de las tareas políticas en cada país, aquellas corrientes se expandieron por el mundo, se convirtieron en parte del sistema político y, primero en Rusia y luego en varios países de Europa Occidental y Oriental, tomaron o se asociaron al poder.
A esas ideas y formaciones políticas, cada una en su medio, con sus filosofías y sus programas, sus identidades respectivas y sus propios grados de radicalismo político, aunque siempre con posiciones avanzadas respecto al capitalismo salvaje, en el siglo XX, se yuxtapuso el movimiento de liberación nacional que incorporó una visión crítica del capitalismo desde las realidades del colonialismo.
La experiencia y la maduración que para aquel variopinto espectro significó la simbiosis de la lucha anticolonialista con la batalla contra el fascismo y la ocupación por Alemania, Italia y el Japón, de países como China, Indonesia, Filipinas, India, otros lugares de Asía, Africa del Norte y el Medio Oriente, enriquecida por la Revolución Cubana, dieron a los estados surgidos de la descolonización, una orientación antiimperialista e incluso no capitalista.
El nacionalismo afroasiático y tercermundista devino curiosa variante socialista.
En ese minuto, sin embargo, la izquierda mundial estaba profundamente atomizada y cargaba con rémoras que originaban una aguda confrontación interna. Entre aquellas diferencias fueron muy notables la que se produjeron en torno a la Primera Guerra Mundial cuando la socialdemocracia europea fue arrastrada por el clima y votó a favor de los créditos de guerra, lo que originó la llamada “bancarrota de la II Internacional”.
Más tarde el dogmatismo introducido en la Unión Soviética elevó aquel desencuentro a la categoría de principio, lo que se complicó extraordinariamente por el enrarecido clima creado por los 30 años de vigencia del estalinismo y los enfoques dogmáticos que no cesaron incluso después de la muerte de Stalin.
Las actitudes hegemónicas soviéticas respecto al movimiento comunista internacional, su papel ante los sucesos de Hungría y Polonia en 1956 y Checoslovaquia en el 68 y Afganistán en 1979, el conflicto chino-soviético y el surgimiento del maoísmo, las incomprensiones respecto a los movimientos de liberación nacional, el desarrollo del eurocomunismo, las contradicciones que acompañaron a la perestroika y luego el tsunami político que significó la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, dispersaron a la izquierda y la quebrantaron duramente.
A más de siglo y medio de pugnas sectarias, rechazos y acusaciones mutuas, siguió un período de desconcierto en el que todo parecía perdido, hablándose incluso del fin de la historia que, sorpresivamente, ha dado paso, sobre todo en América Latina, a fenómenos y procesos políticos enteramente nuevos y que desmienten el pesimismo.
Al no existir como en el pasado un centro ni un programa o una doctrina oficial ni nadie que imponga a otros sus puntos de vista y declinar la interpretación dogmática del socialismo, de hecho, como por gravedad, sin que nadie lo auspicie ni lo monitoree, las diversas corrientes de la izquierda convergen, armonizan y forman no un eje concertado sino una magnifica plataforma de ancha base en la que todos caben.
De hecho han desaparecido todas las razones que dividían a la izquierda, nadie es ahora criticado por ser reformista ni atacado por su credo o su filosofía y la unidad se abre paso con la justicia social, que ya no es un programa mínimo sino una aspiración máxima. Ahora izquierda es todo lo que no sea derecha.
Esa convergencia que es una tendencia visible, confiere a las fuerzas avanzadas, una fuerza y una vigencia que nadie podía sospechar 15 años atrás.
Jorge Gómez Barata

























































































