
Algunas lecciones de una República asesinada


Las relaciones que cabe establecer entre ambos no se agotan en la anécdota con la que Alejo Carpentier los vinculó en La consagración de la primavera. Dos personajes relevantes de esta novela que habían luchado en la defensa de la República Española combaten en Playa Girón, y disfrutan el regocijo por la victoria. Uno de ellos dice: “Esta nos desquita de otras que hemos perdido [...] En la guerra revolucionaria, que es una sola en el mundo, lo importante está en ganar batallas en cualquier parte.”
Quién sabe cuánto ímpetu llegaría en herencia de la República asesinada hasta los combatientes que, enarbolando las banderas del socialismo, derrotaron a los mercenarios. En la victoria de Girón tal ímpetu se vincularía no solamente con la real o posible presencia de republicanos españoles y de internacionalistas cubanos que habían compartido el afán de salvar a la República.
También se vincularía con la memoria histórica sembrada en la población cubana, con el ambiente familiar y social creado en el país caribeño por exiliados y exiliadas de aquella República, y por cubanas y cubanos que simpatizaron con ella y hasta acudieron a su llamado. En lo tocante a hechos como esa República, y a la socialista fomentada en el pequeño país que protagonizó la primera victoria de nuestra América sobre fuerzas armadas y financiadas por el imperialismo estadounidense, viene a la memoria la popular canción cubana: “Quien te defiende te quiere más.”
Hace un año que en Cubarte se publicó en tres partes la ponencia que presenté en las Quintas Jornadas La cultura de la República, que sabia y tesoneramente organiza en la Universidad Autónoma de Madrid el profesor Julio Rodríguez Puértolas.
La ponencia de entonces la dediqué, sobre todo, a recordar, junto a lo que para José Martí significaron las luces y las insuficiencias de la fugaz Primera República española, el aporte de cubanos y cubanas a la defensa de la Segunda, devenida para España, hasta hoy, la República por antonomasia. Para participar en las Jornadas del presente año, las Sextas, me centré en lo que Cuba y su Revolución deben a esa República.
Se trata de una deuda que incluye el aporte personal de una parte de quienes ante la criminal emergencia fascista tuvieron que abandonar España o, si ya lo estaban, permanecer lejos de ella.
La menguada República que a la sazón era Cuba —neocolonia yanqui con mayorales vernáculos—, no le propició al exilio español la acogida que este halló en el México heredero de una Revolución que no merece olvido, y en cuyas filas emancipadoras había combatido Lázaro Cárdenas: sería el presidente que sobresalió en el apoyo al exilio español, y el ex presidente dispuesto a pelear en Girón junto a los revolucionarios cubanos.
Pero no fueron pocas ni la cifra ni la significación de desterradas y desterrados que llegaron a Cuba y, establecidos en ella provisoria o permanentemente, le dieron un aporte perdurable.
Por ello, la ponencia de este año la pensé para agradecer esa contribución, de tal magnitud que apenas me fue posible mencionar algunos de sus ejemplos mayores en diversas áreas, especialmente en una actividad tan sembradora como la educación. De antemano renuncié a un inventario de exiliados y exiliadas de España que enriquecieron la cultura y el pensamiento de Cuba.
Más lejos aún de esa posibilidad están las presentes cuartillas, solamente un fragmento de dicha ponencia concentrado en algunas de las lecciones que la historia revolucionaria cubana pudo recibir, o recibió, de la República española.
Ya se ha vinculado aquí a la Revolución mexicana con esa República —que mostró su voluntad de dar paso a una profunda trasformación democrática en la sociedad española—, y con la Revolución cubana. La primera lección envuelve a esos tres acontecimientos, y echa por tierra prejuicios que restringen al ámbito de otras lenguas lo verdadera o presuntamente universal.
En español se expresó la Revolución mexicana, pionera entre las grandes del siglo XX, y se expresa la que triunfó en Cuba en la segunda mitad de esa centuria y sigue en pie, con la firme solidaridad de quienes ven en ella el triunfo de ideales asesinados en otras latitudes, y con la endiablada hostilidad —que también la honra— de sus más feroces enemigos.
No serán ajenos a esa realidad los replanteamientos sociales, políticos, revolucionarios que hoy se dan en países de nuestra América que se distinguen por el uso de la misma lengua. Son afanes que tropiezan con los mismos enemigos de la Revolución cubana y del espíritu propio de los mejores frutos y prolongaciones de la Revolución mexicana y de la Segunda República Española.
En particular, el rastro de esa República lo hacen aleccionador hasta los modos como ella ha sido maltratada por la herencia de la cultura de la opresión. Inclúyase en esos procedimientos la decisión de un Papa de beatificar a los reales o presuntos mártires cristianos que escogieron situarse, o determinadas circunstancias situaron, en el bando de los sediciosos y terroristas, mientras se olvida a los mártires que en las filas de la República —nacida de elecciones democráticas— también abrazaban la fe cristiana, aunque no siguieran a una jerarquía eclesial identificada con la opresión, el oscurantismo y la opulencia.
Al parecer, según ciertas formas de manejar el olvido y condenar el intento de fomentar la necesaria memoria histórica, todo lo que sirva para reclamar la plenitud de la justicia debe enterrarse, o mantenerse en ignotas fosas materiales o ideológicas. En las manipulaciones se inscribe el uso del lenguaje.
Aviesamente los sediciosos se apropiaron del rótulo nacionales, y es curioso que los más visibles herederos de su ideología, su cúpula, no solamente hayan optado por autobautizarse populares, calificativo que debería reservarse para los defensores de un afán republicano que asumió el camino de ser verdaderamente democrático: es decir, representante de los intereses del pueblo.
A homólogos de la República española, naturales afines suyos surgidos hoy en otras tierras, algunos conspicuillos representantes del fascismo sedicioso los llaman, peyorativamente, populistas. Entre los mencionados herederos no ha faltado el afán de considerar que hoy la aspiración republicana en España se limita exclusivamente a partidos políticos que la proclaman en sus nombres junto con su vocación independentista, y que han sido menguados electoralmente en las reglas de eso que algún político, calificado de izquierda, llama, como hablando en serio, “el juego democrático”, de creciente parecido al “bipartidismo” estilo yanqui, unipolar en el servicio a las clases dominantes.
Mientras tanto, los herederos de las nociones de Dios y Patria capitalizadas por los fascistas sediciosos sobresalen en cuanto a reservar tácitamente el término de nación para un concepto centralista y hegemónico de Estado. Desde esa perspectiva condenan el concepto de nacionalismo como expresión de la autodefensa de nacionalidades que, dignas como cualquier otra, un Estado hegemónico arrolló en las mismas redes con que se extendió a base del “legítimo derecho de conquista”, que también le dio colonias ultramarinas.
José Martí, quien señaló las manquedades que la Primera República española heredó del colonialismo, y en la lectura de cuya obra reconoció haberse formado el Pablo de la Torriente Brau que murió tempranamente en la defensa de la Segunda República, fue un gran conocedor de la historia y los pueblos de la entonces metrópoli.
Cuando se preparaba para desatar la guerra destinada a la liberación de las dos últimas colonias que la Corona española mantenía en tierras americanas, advirtió: “España misma, si tiene ahora esperanza vaga de renacer, tiénela por sus nacionalidades, estancadas durante tres siglos.” Una lección especialmente perdurable de la República española, como de la Comuna de París, consiste en la necesidad que todo proyecto revolucionario tiene de defenderse bien, hasta las últimas consecuencias.
Ese deber incluye el tener conciencia de que todo lo que se haga ha de caracterizarse por el afán de plenitud, y encaminarse al cumplimiento de la misión trasformadora. Pero no se ha de dar ni un paso para complacer exigencias de los enemigos. Estos nunca aspirarán a que el proyecto se perfeccione, sino a que se destruya, si ellos mismos no consiguen derrocarlo.
De ahí que la Revolución cubana deba hacerlo todo con el bien de su pueblo y de sus responsabilidades humanas como fin, no con el ánimo de satisfacer a sus enemigos, para quienes lo que ella haga no estará nunca bien o no merecerá ser tenido en cuenta, salvo para minimizarlo o escarnecerlo.
Entre los muchos y rotundos acontecimientos que evidencian la índole y los modos de actuar de los enemigos de las revoluciones y de la verdadera democracia, cuenta la trampa en que la República española cayó al aceptar la desmovilización de sus Brigadas Internacionales a cambio de que sus enemigos —ajenos a toda ley moral— renunciaran también a recibir ayuda externa.
El apoyo fascista italiano y alemán, decisivo para que los terroristas derrocaran a la República democrática, evidenció la impertinencia de hacer arreglos y pactos con fuerzas en las que —dígase con palabras que recuerden al Che en vísperas del aniversario 80 de su nacimiento— “no se puede confiar ni tantico así, ¡nada!”.
Sin pretender agotar la relación que de ellas puede hacerse, apúntese apenas otra lección —acaso la mayor de todas— que debe agradecerse, no solamente desde Cuba, a la República española asesinada por fascistas: lo peor no es figurar en el bando de los derrotados, ni siquiera en el de los vencidos.
Desde el inicio de la propiedad privada hasta nuestros días, el prestigio de vencedores lo han capitalizado las clases dominantes, opresoras, que una y otra vez han ignorado el ímpetu, el sacrificio y los derechos de los oprimidos, o se han aprovechado de ellos.
Cabe señalar dignas excepciones en esa generalización, pero serían casos sobre los cuales guardan silencio o no dicen lo justo los medios poderosos, como en lo tocante al Vietnam que ha derrotado imperios —y ahora se escarnece con acusaciones de haber torturado al invasor terrorista que aspira a ser presidente de los Estados Unidos—; o todavía son escenarios más o menos aislados, o en camino de ineludible perfeccionamiento. Son los casos de la propia Revolución cubana y del replanteamiento que en la actualidad viven varios pueblos de nuestra América, satanizados no casualmente por los medios ya aludidos, que tienen tufo a colonialismo y, en consecuencia, a OTAN.
Para las personas honradas lo más repudiable no será estar en el bando de los vencidos. En él se puede contar con la compañía, entre otros, de Cristo, Espartaco y el Che, y de los defensores de Numancia, a quienes los agresores habrán destinado en su momento los calificativos que entonces se usaban como equivalentes de terroristas. Lo vergonzoso y sin remedio será estar en el bando de los vendidos, aunque ubicarse en este último sea rentable y ofrezca beneficios materiales, ya sea con hipoteca financiera o moral, o ambas.
Los beneficios alcanzados con ella nunca serán mayores ni más seguros que los detentados por los dueños del poder. Ellos han sido los vencedores en un tramo de evolución humana que no ha acabado de salir de la prehistoria.
Sépanlo quienes se empeñan en dar por terminado el afán humano de emancipación y dignidad, abonado por lo mejor y más perdurable de una República que sigue siendo aleccionadora por sus propósitos y sus heroicidades, y hasta por su derrota.
No sería menor la lección que, una vez derrocada, seguiría emanando de la falta de unidad que, a pesar de su heroísmo, le impidió tener en el exilio la representación fuerte que necesitaba y habría merecido tener para hacer frente a sus enemigos, y a los “juegos democráticos” que estuvieran por venir.
Luis Toledo Sande

























































































