Una oportunidad para Puerto Rico

Imagen de La Raulito

La democracia tiene su misterio. A las primarias demócratas celebradas en Puerto Rico, acudió el 16%, unos 380 mil electores de los 2.3 millones inscritos. La abstención alcanzó el 85%.

Sin embargo la atención no se centra en el mensaje abstencionista de la mayoría del electorado puertorriqueño, sino en la pírrica victoria de la senadora Hillary Clinton sobre su competidor Barack Obama.

El régimen de Puerto Rico es la forma más sofisticada de dominación colonial que existe en el mundo. Durante más de medio siglo Washington manipuló la Constitución norteamericana y la Carta de la ONU para dotar a la isla caribeña de un gobierno “republicano”, y un “Estado de Derecho”, sin soberanía ni autodeterminación.

En 1917, mediante la Ley Jones, los isleños se acostaron puertorriqueños y despertaron norteamericanos de segunda categoría. El “súbdito” puertorriqueño puede participar en las primarias, pero no puede votar por el candidato presidencial. Sin embargo, está obligado al reclutamiento militar.

Al finalizar la II Guerra Mundial, el derecho internacional proscribió el colonialismo. A pesar que Puerto Rico aparecía en la lista de territorios coloniales de ONU, Washington no dio señales para descolonizar la isla. Una insurrección popular promovida por el Partido Nacionalista en 1953, obligó a EE.UU. a “maquillar” la colonia, creando el “Estado Libre Asociado” (ELA), fórmula política que prevalece hasta el presente.

Casi medio siglo después de constituido el ELA, un sistema bipartidista se alterna el gobierno de la isla, garantizando la esencia colonial con forma “democrática”. Bajo el ELA, la isla está organizada política y administrativamente como cualquier república con elecciones generales periódicas en las ramas legislativa, judicial y ejecutiva. Las principales áreas como defensa, relaciones internacionales, comercio, correos, comunicaciones, relaciones obrero-patronales, moneda, migración, y aduanas, son gobernadas directamente por EE.UU..

Tres partidos se encargan de aparentar el carácter democrático de la colonia: el Partido Nuevo Progresista (PNP), que promueve la anexión a EE.UU. con un 49.3% del electorado; el Partido Popular Democrático (PPD), con un programa de mayor autonomía de EE.UU. con 48.4%, y el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), que aboga por la independencia y una relación de mutuo respeto con EE.UU. con 2.3%. Los dos primeros respaldados, y el último satanizado por la clase política norteamericana.

Una permanente campaña propagandística para convencer a los puertorriqueños que sin la dependencia norteamericana Puerto Rico es un Estado inviable, hacen el resto. El funcionamiento de la isla es más como un Condado de un Estado norteamericano, que como una nación.

Sin embargo, lo que ignora la clase política norteamericana es que la mayoría de los puertorriqueños, cualquiera que sea su filiación política, están orgullosos de su origen y cultura, y usan su ingenio caribeño para enviar mensajes a la comunidad internacional como la abrumadora abstención en las primarias. El pueblo puertorriqueño sólo espera por una oportunidad.

Alfredo García

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