
La Campaña de Alfabetización de Cuba: afán de desterrar la ignorancia


El método cubano “Yo sí puedo” es una vía para enseñar a leer y a escribir a países pobres del Tercer Mundo.
A Juana de la Caridad Toledo (Cuti) hubo que improvisarle un cuarto cuando llegó al batey Chapala, en Sempré, no lejos de la ciudad de Guantánamo: cerraron el portal con tablas de palma, porque el bohío donde le tocó pasar aquellos días de 1961 era muy pequeño. En aquel espacio le pusieron la hamaca. Luego ella misma decidió impartir clases sobre unas piedras a una alumna que le daba vergüenza de aprender a su edad. Pero ¿cómo no le iba a enseñar?
Miguelito estuvo a punto de regresar a su casa en Bejucal, cuando el padre fue a visitarlo y observó las condiciones del sitio en que lo habían "hospedado": fango dentro y fuera de la casa, poca comida, mosquitos, las narices llenas del hollín de las chismosas, las ratas corriendo por los horcones y, para colmo, él era asmático y le hacía daño la humedad del lugar.
Esa noche no pudo dormir. Por su cabeza pasaron mil pensamientos. Como en un calidoscopio danzaron en ella las sonrisas de los compañeros brigadistas, las de su madre y sus hermanas, el bramido del arroyo y los ruidos del barrio. Al amanecer se envalentonó y dijo así: "Papá, yo no me voy hasta que termine la campaña".
Después de semejante gesto, el jovencito se sintió orgulloso, digno. Luego, "mientras el cielo descargaba nuevos torrenciales, a la luz del farol, la expresión de júbilo de una de mis campesinas, al lograr escribir su nombre, fue un estallido de felicidad que me hizo reír con una risa más potente y sonora que los mismos truenos".
Cuti casi no puede cumplir ese anhelo. Cuando escuchó decir que necesitaban personas para alfabetizar, recién comenzaba a estudiar en secundaria. Tampoco le bastó el embullo. "Papá era muy celoso. Decía que no había necesidad de que yo, tan pequeña, me incorporara, si ya irían mis dos hermanas mayores. Ellas pasaban el curso preparatorio en Varadero al momento de la invasión por Playa Girón. Creí que no me dejarían, pero papá me autorizó. Uno de los objetivos del enemigo consistía en impedir el éxito de la campaña. ‘Ahora sí te vas’, me dijo".
Eran los albores de la Revolución y había mucho por hacer. Una gran parte de la gente del campo no sabía leer ni escribir. Los jóvenes estaban deseosos de aportar su esfuerzo. Ellos serían protagonistas de las páginas gloriosas que comenzaban a escribirse. En poco tiempo, cumplieron, y las emociones premiaron al ejército de valientes que acabó con la ignorancia. El acto con Fidel en la Plaza. El montón de personas que los saludaba en cada pueblo. El orgullo. La admiración.
A la batalla vencida siguieron otras, por el sexto grado, el noveno, hasta llegar al sueño convertido en realidad del acceso pleno a los estudios universitarios. Solo que en medio de tales conquistas la mayor de las Antillas no olvidaría a sus hermanos del mundo, de modo que enviamos alfabetizadores rumbo a otras tierras con un revolucionario método llamado Yo sí puedo.
REGLA SE FUE A LOS ANDES
Si Miguelito y Cuti se fueron a los campos de Cuba, Regla Díaz marchó hasta las faldas de Los Andes. Su grupo incluyó a más de cien facilitadores distribuidos por 142 puntos de la ciudad ecuatoriana de Cotacachi, situada a 140 kilómetros al norte de Quito, entre un volcán, un lago y las montañas.
En apenas un año y seis meses hicieron retroceder el analfabetismo del 22 al 2,5%, índice considerado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) para declarar a un territorio libre de este mal.
Según Regla, quien fungió como asesora, llegaron a todas las comunidades de la zona andina, la de más difícil acceso, con cerros de hasta 4 950 metros sobre el nivel de mar. "Tuvimos que seleccionar facilitadores bilingües, porque las personas de mayor edad solo hablan el quichua", explicó. Igualmente se desplegaron en la zona urbana y la subtropical.
Vivir a la sombra de Los Andes, a suficiente distancia de las principales urbes económicas, castigó a sus habitantes por años con una dosis de olvido. Pero Auki Tituaña, alcalde de Cotacachi, no se conformó; por primera vez en la historia un indígena gobernaba aquel cantón, y emprendió cambios: recurrió a la solidaridad. Los métodos de alfabetización convencionales son muy costosos, expresa. "En cambio, el Yo sí puedo no solo es más accesible, sino eficiente y de mayor flexibilidad".
Así que hasta el centro del mundo arribaron asesores en materia de educación, casetes con videoclases, cartillas y manuales. Los colegas cubanos se multiplicaron.
"Cotacachi es una ciudad muy hospitalaria; la sencillez caracteriza a su pueblo. Independientemente de la altura, el frío y los caminos difíciles, me acuerdo sobre todo del amor y agradecimiento; recuerdo a las mujeres cambiando de cédula por una nueva con su firma, a personas transformadas en otras más comunicativas", recuerda Regla.
"Tenemos que pensar en el ser humano, brindarle oportunidades. Continuaremos apoyándoles para que aprendan más y alcancen el sexto grado —añade: educarles para la vida, en el amor a la familia, al medio ambiente, y hacer de cada facilitador un portador de las transformaciones".
Docentes ecuatorianos grabaron en Cuba videoclases de Historia y Geografía para la posalfabetización.
Ya este cantón de la provincia Imbabura no es conocido solo por sus bellezas naturales y artículos de cuero; la distinción Ciudad por la Paz, que le concedió la UNESCO en el 2002, y la Escultura del Sol, obsequiada por Oswaldo Guayasamín, sino a causa de convertirse en centro de referencia para otros sitios del país, que le imitaron en la aplicación del programa cubano.
Esta historia de alfabetizadores que duermen en bohíos, suben montañas y llegan con la luz a cualquier oscurecido rincón del planeta debido a la ignorancia, no termina todavía.
Joel Mayor Lorán















































































