
El ojo de Moloch


En la política tiene concreción en el cateo físico y espiritual permanente del ciudadano estadounidense.
La nueva era de coacción de las libertades individuales en ese país, aunque inédita en su asombrosa expansión después del 11 de Septiembre, tiene sus precedentes.
Jamás, en la historia de su fase imperial, los EE.UU. han dejado de vigilar, observar, hurgar, espiar en las hendijas de su morada; o sea, a los propios norteamericanos.
De lo que hoy se encarga la tecnología y los cuerpos represivo-investigativos, a inicios del siglo XX les correspondía a los agentes de la Oficina del Investigador Jefe, renombrada en 1935, veintisiete años después de su creación, como Buró Federal de Investigaciones (FBI).
Esa fue la institución que durante los tiempos de la Cortina de Hierro y la Guerra Fría constituyó el complemento armado del senador Joseph McCarthy y el Congreso, en el nuevo Salem desatado en contra de unos supuestos comunistas a los que muchos la historia les invalidó el presunto carné más adelante.
Y fue también el FBI el que luego, en su larga trayectoria de violaciones civiles, se convirtió en la sombra de líderes, grupos progresistas, asociaciones de izquierda e intelectuales librepensadores.
No es hasta 1967 que la Corte Suprema ordena la eliminación del proyecto Minaret, bajo el cual millones de personas y cientos de organizaciones —entre estas figuras históricas de la nación como Martin Luther King o Malcolm X— verían, de manera ominosa, coartada su libertad de expresión, acción y pensamiento.
No otro objetivo perseguía el proyecto Shamrock, que permitía la vigilancia de los mensajes cablegráficos dirigidos, desde o hacia la nación, por posibles sospechosos de comunismo a sus contactos.
Tras el proceso de encarcelamiento de muchos jóvenes de los turbulentos finales de los años 60 también estuvo la insidia del Buró, dirigido hasta 1972 por Edgar Hoover.
Ya el famoso atentado de Oklahoma, en 1996, provocó como respuesta directa la implantación de la Ley Antiterrorista, que facultaba al Secretario de Justicia para echar los tanques contra la gente —así de claro, no hay error— y suspender a discreción el habeas corpus, gema del derecho.
Con el surgimiento de la Ley Patriota, aprobada tras el 11-S, se otorgaron inusitados grados de poder a la policía y los servicios de inteligencia en la cobertura, detención y proceso de cualquier persona con "traza" de sospechoso.
Lógicamente, en esta tarea no está solo el FBI ni mucho menos. Forma parte de un demencial entretejido. Al gran micrófono ubicuo que representa en la práctica la Agencia de Seguridad Nacional, se agregan otros 16 organismos dedicados a similares labores de espionaje.
The Washington Post reveló recientemente que el FBI destinó mil millones de dólares para construir la base de datos de rasgos físicos de personas más grande del mundo, que incluye imágenes digitales de rostros, huellas dactilares, patrones de palmas, iris y otros datos biométricos. Incluidos, claro está, norteamericanos.
Democracy Now reprodujo la precisa observación al respecto de Barry Steinhardt, de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles: "Esto será un elemento esencial para el rastreo y permitirá una Sociedad Bajo Vigilancia Constante".
La libertad nunca ha sido tal en "el territorio de la Libertad".
Como en Metrópolis, el clásico expresionista alemán de Fritz Lang, donde Moloch y los guardianes estaban perennemente pendientes del trabajo de los obreros, en Norteamérica también la vida es el plano enfocado por un ojo en estado de vigilia permanente.
Julio Martinez Molina















































































