
Dar Chávez al tiempo


Las FARC y el movimiento revolucionario a escala continental
Aunque los ponentes de las tesis maximalistas no pueden subirle la parada a Chávez, no todos comprenden que ninguna revolución triunfante evade su destino y de alternativas que retan al status quo, se convierten en poder, los camaradas en estadistas y los comandantes en presidentes. No es lo mismo encabezar una vanguardia que conducir a una Nación, ni confrontar a una oligarquía que batallar contra el imperio. El oficio de moderado y la dialéctica de gobernar es más complicada que hacer críticas, incluso cuando puedan estar justificadas.
No obstante, llama la atención que un planteamiento de mucho calado, incluso decisivo para el presente y el futuro de la Revolución Bolivariana, vital para la seguridad nacional de Venezuela y con mucho potencial para influir en el proceso de paz en Colombia, fuera poco elaborado. La afirmación de que una liberación unilateral de todos los rehenes por parte de las FARC seria un gesto “a cambio de nada” parece un “lapsus linguae”.
Al involucrarse las gestiones para la liberación de los detenidos por las FARC, el líder venezolano asumió grandes riesgos en aras de propósitos políticos y humanitarios mayores, que pasaban por el desmantelamiento de la práctica de capturar rehenes, permitía avanzar en el reconocimiento de la vigencia de la guerrilla y abría caminos para la paz, cuestiones de vital importancia para la Revolución Bolivariana, cosa conocida también por sus enemigos.
Debe recordarse que, después de haberlas autorizados, Uribe, probablemente asesorado desde fuera, saboteó las gestiones, manipuló la situación del niño Enmanuel y desautorizó al presidente venezolano. Pareció que era el momento preciso para que la guerrilla devolviera el gesto. Las FARC respondieron, pero no fue suficiente.
Las soluciones a cuentagotas aumentaron los peligros y las complicaciones políticas, cosa confirmada por la irrupción de las tropas colombianas en territorio de Ecuador y la muerte de Raúl Reyes. La gestión quedó a mitad del camino. Renunciar no forma parte del estilo de Chávez que tampoco podía ignorar su condición de Jefe de Estado, mientras que la notoriedad adquirida por el tema limitaba la capacidad de maniobra.
La reacción colombiana aprovechó la coyuntura y mediante actos de propaganda, incluidas numerosas manifestaciones callejeras, explotaron la situación. No hay una acción bélica más antipática y menos defendible que la toma de civiles como rehenes, más aun cuando son retenidos por períodos excesivamente prolongados y en precarias condiciones de cautiverio.
Los expertos en manipulación no tienen dificultades para indisponer a la opinión pública y convertir tales acciones en bumerang. Incluso entre simpatizantes de la guerrilla se escuchan opiniones que aconsejan apoyar a Chávez y buscar una solución basada en la liberación de los retenidos.
Por otra parte, después de la incursión colombiana a Ecuador, las manipulaciones en torno a los “ordenadores”, los riesgos para los rehenes se incrementaron dramáticamente. El peligro de que tropas colombianas sean empujadas a acciones que pongan en peligro la seguridad de las personas en poder de los guerrilleros, culpar a las FARC y tratar de complicar a Venezuela, es obvio.
Desde fuera, se percibe que no se trataba sólo de seguridad nacional venezolana ni de propiciar el éxito de Chávez, sino de una gama de opciones y riesgos para el movimiento revolucionario y progresista a escala continental, estrategia de la que implícitamente, sin que exista plan ni concertación, las FARC forman parte. No sería la primera vez que un destacamento revolucionario sintoniza su actuación acorde con los intereses del movimiento en su conjunto.
Para el movimiento revolucionario y progresista continental, es esencial desactivar el conflicto armado en las inmediaciones de las fronteras venezolana y ecuatoriana, evitar que, en “caliente” o no, las acciones combativas puedan trascender el territorio colombiano, implicar a Venezuela o perjudicar a Ecuador, incluso provocar una guerra que justifique las movidas de la OEA, incluso de Estados Unidos.
No hace falta dramatizar. Chávez no ha pedido nada diferente de aquello por lo que claman muchos otros militantes y demanda parte de la opinión pública. No hay derecho a pedirle que cultive una diplomacia versallesca, aunque tampoco a presionar a las FARC. Es preferible dejarles hacer su trabajo y otorgar al líder bolivariano, no el beneficio de la duda, sino un merecido voto de confianza.
Jorge Gomez Barata























































































