
Zanahorias y garrotes


Tales juicios ameritan varias reflexiones.
Tiempo atrás, especialistas en América Latina quisieron persuadirnos de que Washington descuidó la región tras enfilar sus cañones hacia el Medio Oriente. Cuando menos, afirmaban, ya no representábamos un genuino interés.
Auténtico desacierto, porque aun obviando la historia de tales relaciones peligrosas, la sucesión de acciones de los últimos años en la región permite asegurar, sin temor al desliz, que los intereses geopolíticos y estratégicos norteños en su "traspatio", lejos de disminuir, se intensificaron. Con y sin Torres Gemelas. Con y sin invasiones y guerras en Afganistán e Iraq. Con y sin amenazas y provocaciones a Irán y otros "oscuros lugares del mundo".
Lo ocurrido —que alcanzó a confundir a algunos distraídos y desnudó a otros malintencionados— es que acá la invasión ha sido silenciosa. O menos fragorosa. Porque la Unión americana, qué duda cabe, ha seguido urdiendo planes desestabilizadores contra los gobiernos revolucionarios y progresistas y no cesa de utilizar a gobiernos fieles, como los de Colombia y México, para engendrar animadversiones, enconos y violencia de diversos tipos y signos.
Por ende, sus embajadas, principalmente en Caracas, La Paz y Quito, han trabajo fuerte en el Plan Tenaza contra Venezuela, en diseños separatistas para varios países andinos y en otras fórmulas de guerra sucia, como las de empantanar a las asambleas constituyentes.
El bombardeo y la masacre contra el campamento de las guerrillas de las FARC en plena frontera de Colombia con Ecuador —en marzo— y el reciente y hollywoodesco rescate de la ex candidata presidencial colombiana Ingrid Betancourt, ilustran hasta dónde están dispuestos a llegar la Casa Blanca, la CIA y el Pentágono. "A río revuelto, ganancia de pescadores" y "divide y vencerás", dos viejos refranes, calzan a la perfección sus objetivos.
Viajando atrás aparece el periplo de W. Bush en 2006 —la llamada gira de los biocombustibles—, y las reiteradas travesías por Nuestra América de funcionarios gringos de alto nivel. Y en primera línea, ¿quién aparece?: La secretaria de Estado, Condoleezza Rice.
Tampoco han cesado de atar cabos para asegurar, por ejemplo, que tras el cierre en 2009 de la base militar de Manta, en Ecuador, sus "muchachos" encuentren buena acogida en Colombia.
VOLVAMOS A OBAMA
Aunque quedan un montón en el tintero, creo que con las mentadas sobran evidencias.
Ahora, cuando Bush Jr. tiene un pie en el estribo, muchos especialistas quieren convencernos de que su sucesor no será otro que Barack Obama —quien, por cierto, asegura que viajará muy pronto por nuestra región— y vuelve entonces a la palestra el asunto del escalón que ocupamos en la agenda y las prioridades del imperio.
De modo que no es difícil encontrar a diario múltiples referencias sobre qué haría o dejaría de hacer en esta mitad del hemisferio americano el primer candidato negro y de origen musulmán a ocupar la Oficina Oval.
Estabilidad, prosperidad y alianzas, decía al inicio, están en el centro de los mensajes de Obama a Latinoamérica. Como también el de que su gobierno estaría dispuesto a poner bajo lupa el Acuerdo de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN, que desde 1994 enroló como iguales a Estados Unidos, Canadá y México en las redes de la desregulación y que lejos de catapultar al país azteca al Primer Mundo, lo hundió en la peor de sus crisis y está arrasando su sector agropecuario), y a dialogar con Cuba.
Aunque también ha insistido —y en esto es idéntico a McCain— que Estados Unidos no permitirá que sus socios caigan en manos de "demagogos", "narcotraficantes y desesperados". Y ya sabemos a quiénes endilgan los gringos estas etiquetas: en primer término, por supuesto, colocan a Cuba, y a seguidas, a Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua
Pero Obama, como tampoco su rival MacCain, buscan los votos de colombianos, mexicanos, chilenos, ecuatorianos, venezolanos, ni de ninguna de las nacionalidades asentadas al sur del Río Bravo. Lo que sí requieren, y bastante, es el voto hispano en su propio territorio. Una importante franja del electorado estadounidense.
Si duda de su trascendencia, vea este dato: hoy por hoy llega a nueve millones el número de esos votantes inscritos para las elecciones de noviembre. Notable incremento, tomando en cuenta que hace dos años totalizaba 5,6 millones. Y de acuerdo con las últimas encuestas, en la disputa por el voto latino Obama goza de una ventaja frente a McCain, de aproximadamente 60 contra 30.
De modo que sus mensajes son múltiples de cara a ese electorado y a esa Latinoamérica de donde proceden mayoritariamente. "Todos somos americanos", les ha dicho.
El 8 de julio, en medio de una conferencia de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC) celebrada en Washington, Obama afirmó: "Es tiempo de terminar con una clase de sirvientes entre nosotros y de reconciliar nuestros valores y principios como nación de inmigrantes con una nación de leyes", en directa alusión a los más de 12 millones de indocumentados que "permanecen en las sombras".
Y agregó, al reiterar que una reforma migratoria justa y comprensiva será prioridad durante su primer año de gobierno: "Durante las marchas de 2006 el lema fue ‘Hoy marchamos, mañana votamos’. Bueno, pues ha llegado el momento de votar. Ha llegado el momento de que, juntos, cambiemos el mapa político de Estados Unidos".
Pero quizá lo más categórico sobre las claves de su política hacia la región se colige de sus palabras durante la 40ª. Conferencia del Consejo Nacional de La Raza (NCLR, la organización hispana más importante de Estados Unidos), efectuada en San Diego, California, el pasado domingo 13 de julio.
Salvando el hecho de que por acá sabemos bien cómo Gringolandia traduce al español las mentadas estabilidad y prosperidad cuando del hemisferio sur de trata, ese día Obama, todo elogio y promesas, no solo indicó que buscará mayor acercamiento con la zona, sino que —en directa mención a los presidentes de Cuba y Venezuela— "la diplomacia debería involucrar hablar con nuestros enemigos, no solo con nuestros amigos".
Para México el mensaje fue claro: robustecer la relación bilateral pasa por el problema migratorio y por fortalecer el desarrollo económico de aquella nación ("para aliviar las presiones económicas que empujan a tanta gente a venir acá"). Visto así, cualquiera evaluaría de buenas sus propuestas, pero a seguidas Obama se mostró a favor de mayor vigilancia y control de las fronteras y de la Iniciativa Mérida (el clon mexicano del Plan Colombia), lo que imprime a lo antes dicho por el político, tintes más vinculados a la violencia, el militarismo y el saqueo interminables, que a la prosperidad económica y la tan manida buena vecindad.
Por otra parte, avezados periodistas presentes en la cita californiana advirtieron que mientras en la versión escrita de su discurso se leía "No podemos —y no debemos— deportar a 12 millones de personas", de viva voz el político mostró mayor cautela: "No podemos y —no debemos— mantener a 12 millones de personas en las sombras".
Otro matiz bien entintado, a pesar del auditorio al que iba dirigido el mensaje. Porque tengamos claro, también, que aunque los indocumentados no votan, el debate en torno a ellos y en general al tema migratorio en sí, ejerce presión. Primero a la hora de impulsar al voto, y en segundo término, a la de escoger al preferido.
Pero quizá lo más… ¿excepcional?, ¿preocupante? del porte de Barack Obama durante esta batalla por la presidencia y el voto hispano, es lo que quedó aparentemente circunscrito a un vegetal y una herramienta, cuando en verdad son símbolos por excelencia de una política cuyos frutos injerencistas, violentos, piratezcos y corruptos que —aunque ciertamente tienen ciertas gradaciones—, están a la vista del Bravo a la Patagonia.
"Creo —aseguró Obama a EFE en exclusiva, tras su intervención en el citado foro hispano— que hay posibilidades tanto para zanahorias como para garrotes, de forma que puedan fortalecer los intereses estadounidenses en la región".
Está dinamitando el posible diálogo que podría abrir con Cuba, Venezuela y con otros gobiernos latinoamericanos, declaró el presidente venezolano, Hugo Rafael Chávez Frías, el reciente miércoles 16 de julio, en franca respuesta a lo expresado por Obama a la agencia española de noticias.
"El caballero dijo que iba a revisar la política de Estados Unidos hacia América Latina —añadió el líder bolivariano —, pero aplicando la política de la zanahoria y el garrote. Bueno caballero, vaya estudiando lo que ocurre en Latinoamérica porque, si no lo ha entendido, lo que hay en esta tierra es una revolución desatada".
Sobran, pues, más comentarios.
Maggie Marín

























































































